Aquí tenéis el cartel con las bases del concurso de este año, cuya participación permite, para los premiados en las modalidades de poesía, participar a su vez en el Concurso convocado por el programa "Poesía para llevar".
jueves 15 de marzo de 2012
Convocado el XV Concurso Literario del IES "Baltasar Gracián"
Aquí tenéis el cartel con las bases del concurso de este año, cuya participación permite, para los premiados en las modalidades de poesía, participar a su vez en el Concurso convocado por el programa "Poesía para llevar".
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martes 29 de noviembre de 2011
"Poesía para llevar" curso 2011-2012
Como os decíamos hace unos días, este año volvemos a participar en el programa Poesía para llevar (coordinado en nuestro Centro por nuestra Biblioteca Escolar) del que ya disfrutamos el curso anterior.
Debemos pediros disculpas porque, por un problema de carácter informático, nos hemos retrasado en el anuncio de esta actividad, que, como habréis comprobado, ya hemos iniciado (tal como os informábamos, comenzó con un número especial dedicado al Día de Difuntos).
En este curso contamos con nuevos compañeros (como sabéis el programa se lleva a cabo conjuntamente con numerosos institutos de educación secundaria de nuestra comunidad autónoma). Concretamente, para el 2011-2012, los participantes somos:
- IES Bajo Cinca, Fraga
- IES La Azucarera, Zaragoza
- IES José Mor de Fuentes, Monzón
- IES El Portillo, Zaragoza
- IES Sierra de San Quílez, Binéfar
- IES Hermanos Argensola, Barbastro
- IES La Llitera, Tamarite de Litera
- IES Bajo Aragón, Alcañiz
- IES Baltasar Gracián, Graus
- IES Leonardo de Chabacier, Calatayud
- IES Ramón J. Sender, Fraga
- IES Tubalcaín, Tarazona
- IES Jerónimo Zurita, Zaragoza
- IES Biello Aragón, Sabiñánigo
- IES Miralbueno, Zaragoza
- IES Cabañas, La Almunia de Doña Godina
- IES Pilar Lorengar, Zaragoza
- IES Ramón Pignatelli, Zaragoza
- IES Tiempos Modernos, Zaragoza
- IES Lucas Mallada, Huesc
Por el momento, como ya habréis visto, se han distribuido, además del poemario especial del Día de Difuntos, los poemas semanales números 2, 3 y 4 (dedicados respectivamente a Gustavo Adolfo Bécquer, Claudio Rodríguez y Mario Benedetti) y el número 1 de los poetas del mes (dedicado a Roger Wolfe). Ya veis, por tanto, que seguimos con la misma dinámica que el curso anterior y que, además de algunos números especiales, todos los miércoles contaremos con un poema semanal, al que añadiremos un poemario más extenso cada mes. Todos los textos que se distribuyan aparecerán (ya están los señalados) en el blog del Programa, que este curso se actualizará semana a semana: http://www.poesiaparallevar-ljp.blogspot.com/
Como novedades, comentaros que en este curso, además de dejar ejemplares en el expositor creado al efecto en nuestra Biblioteca (a disposición de quien quiera hacerse la colección), colgaremos siempre un ejemplar en el tablón de anuncios de cada aula, de manera que quien lo desee pueda trabajar con el poema semanal o mensual en su clase. Igualmente, como ya habréis observado, la reseña sobre el autor o autora, que aparece en la vuelta de cada uno de los poemas semanales, será realizada por un alumno del centro que lo haya preparado (al respecto, os avisamos de que a nosotros nos toca preparar el poema del 25 de enero, así que id pensando en la posibilidad de elaborar una nota informativa del autor o autora del texto que seleccionemos).
Os sugerimos, por otra parte, que visitéis el siguiente enlace, en el que nuestros compañeros del IES Bajo Cinca dan cuenta de cómo han trabajado, en su 2º curso del Ciclo Formativo Superior de Administración y Finanzas, con el número mensual dedicado a Roger Wolfe: http://bibliotecaiesbajocinca.blogspot.com/2011/11/informatica-y-poesia-para-llevar-en.html.
Ya veis que hay lugar para la poesía en cualquier espacio y momento y, como no tenemos ninguna norma al respecto, serán bienvenidas todas las iniciativas que surjan para trabajar y disfrutar con los poemas que iremos distribuyendo en este curso. En cualquier caso, como mínimo, os recomendamos que sigáis los consejos que nuestros compañeros del IES Cabañas han recogido en la magnífica "receta" que encabeza estas líneas.
Os dejamos al pie, para finalizar, con el vídeo que una de nuestras compañeras del programa, Mónica, prepararó a modo de presentación de la selección de poemas dedicados al Día de Difuntos, que, por cierto, fue realizada entre todos los centros participantes.
Esperamos, en fin, que disfrutéis de nuevo en este curso con la poesía.
El XIII Trabajo de Hércules. "El Ave Fénix", por Rubén Puértolas
No dejéis de calificarlo y, si lo deseáis, aportad vuestros comentarios.
Os recordamos también que, si queréis publicar vuestros escritos en este blog, además de contar con la aprobación de vuestra profesora o profesor (que os lo habrá comunicado en clase), necesitamos que nos proporcionéis el texto en formato digital.
-Tu decimotercer trabajo consistirá en derrotar al ave Fénix‒ le dijo Euristeo a Hércules.
El ave Fénix era un ave del tamaño de un águila, de plumaje rojo anaranjado y amarillo chillón. Tenía unas afiladas garras, al igual que el pico. Estaba cubierto de fuego, y se consumía cada 500 años, para luego, renacer de sus cenizas.
Un poco más tarde de que Euristeo le dijese su próximo trabajo, Hércules partió hacia Egipto, que era allí donde residía el ave Fénix. Cuando llegó, se oculto tras unos arbustos y esperó casi cuatro horas, hasta que al final, una gran bola de fuego, que más tarde identificó como el ave Fénix, sobrevoló su cabeza.
Hércules probó a lanzarle varias flechas, pero no le hicieron nada porque, antes de tocarle, ardieron rápidamente gracias al fuego del Fénix, y se convirtieron en ceniza. Lo único que consiguió fue llamar su atención. El ave se dirigió a Hércules, dispuesto a matarlo con su pico y sus garras, para después quemarlo con sus llamas. Cuando el ave fue a coger impulso, Hércules pensó la manera de evitar el ataque, y derrotar al ave. La primera embestida la consiguió esquivar, pero a la segunda, Hércules se hundió en un pequeño estanque y, cuando el ave fue a por él, se topó con el agua, y el fuego se apagó, convirtiéndolo en ceniza.
Como iba a renacer dentro de poco, Hércules enterró las cenizas en el fondo del pequeño estanque, para que no pudiesen volver a encenderse, y así, que no renaciese.
Cuando Hércules regresó a Micenas, el Rey Euristeo se desmayó, tan sorprendido que estaba, de que Hércules hubiese realizado todos sus trabajos.
Curso 2011-2012
1ºA ESO
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miércoles 2 de noviembre de 2011
"El Quijote" Interactivo

Acabamos de recoger en la lista de enlaces a "recursos" El Quijote Interactivo, una magnífica edición con multitud de recursos, con la que se puede disfrutar de la lectura "en línea" del gran clásico de nuestra Literatura.
Podéis verlo en: http://quijote.bne.es/libro.html
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domingo 9 de octubre de 2011
Relato breve de Alma Vega Subirá
Así, a continuación, os ofrecemos el enigmático y magnífico relato breve que Alma Subirá creó el curso pasado como ejercicio de Lengua Castellana y Literatura.
No dejéis de calificarlo y, si lo deseáis, aportad vuestros comentarios.
Hacía mucho tiempo que no iba a visitar a Alice, pero su ausencia empezaba a preocuparme. Por ese motivo decidí ir a su casa para comprobar si todo estaba en orden.
Alice era un alma sin rumbo, no tenía nada que le atara a este mundo. A pesar de su corta vida, era huérfana y vivía sola en la casa que heredó de su familia. Cada vez que pasaba por delante de su parcela parecía transportarme a otra época. Ante mí, se alzaba un caserón antiguo y bastante grande, cuya fachada estaba bastante despintada, por su larga vida, supuse, bajo el temporal y el aire de la ciudad. Siempre me impresionaron los enormes ventanales que daban vida a la estructura y adquirían el reflejo del Sol todas las mañanas.
La casa de Alice tenía un jardín enorme en su parte delantera, por el cual se accedía mediante una verja metálica bastante vieja y oxidada. Los cipreses eran tan altos que daba la sensación de que quisieran impresionar al cielo de alguna manera. A pesar de la belleza de esos elegantes e imponentes árboles, el jardín presentaba un aspecto totalmente descuidado. La hiedra se había apoderado de la vieja y descolorida fachada, así como las zarzas y las malas hierbas lo habían hecho del césped.
Después de atravesar aquella especie de selva y llegar a la puerta, tomé con mis manos el viejo picaporte con forma de herradura, y cuando estaba a punto de hacerlo sonar, me di cuenta de que la puerta estaba abierta.
A pesar de los grandes ventanales, el Sol invernal no lucía con suficiente fuerza como para iluminar el interior del recibidor de la casa de Alice.
Siempre había entrado acompañada por mi amiga, así que se apoderó de mí una sensación intensamente estremecedora.
Todo estaba completamente en silencio y oscuro. Hacía un frío glaciar. La escalera de caracol que tenía en frente parecía burlarse de mí junto a esa alfombra roja, antigua y polvorienta, con aspecto de haber besado mil pisadas antes de olvidar, sencillamente, el ruido de unos zapatos sobre ella.
Me detuve a observar mi alrededor tan sólo un segundo, pero se me hizo realmente eterno. Subí las escaleras hasta el primer piso y entré en la habitación de Alice.
Lo primero que vi al abrir la puerta fue el viejo tocador de madera, que vivía en la penumbra del rincón más oscuro de la habitación. Las cortinas, enormes y aterciopeladas; tupidas y pesadas, parecían de película e impedían con empeño la entrada de ningún tipo de luz exterior.
Cuando giré la vista hacia la derecha, la vi. Ahí estaba Alice, sentada sobre su esponjosa y majestuosa cama, con la mirada perdida y la tez realmente pálida.
Ni siquiera se inmutó cuando le llamé por su nombre, así que me acerqué y le tomé una mano. Estaba realmente fría, aunque conservaba el mismo tacto porcelana de siempre.
Alice era una chica muy alta y delgada, que lucía con orgullo una maravillosa melena rubia y ondulada que había heredado de su madre. Sus ojos eran tan negros que parecían el reflejo de su alma y sus recuerdos, y su nariz era tan pequeña y perfecta que daba a su cara una suavidad especial, acorde con toda su persona y su forma de ser.
Y ahí estaba yo, tomando su fría, pálida y temblorosa mano entre las mías, observando su penetrante mirada perdida hacia la esquina del tocador e intentando fijar su atención en mí, cuando de repente me miró fijamente y acto seguido dejó caer sus pesados párpados y su cuerpo sobre la cama, desplomándose así todas y cada una de las partes de su cuerpo.
En ese mismo instante, sentí una fuerte presión en mi pecho y me di cuenta de que algo horrible estaba sucediendo.
Curso 2010-2011
3ºB ESO
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Retomando la actividad con el inicio del curso (2011-2012)
Por ello, nos proponemos ahora retomar con energía la actividad, empezando por recuperar en las siguientes entradas algunas publicaciones pendientes, como los textos premiados en nuestro Concurso Literario y algunos textos desarrollados en el aula y que, por su innegable calidad, prometimos publicar y difundir aquí.
Igualmente, en el presente curso, intentaremos seguir publicando aquí las creaciones literarias de nuestros alumnos (tanto de Lengua Castellana y Literatura como de Taller de Lengua), eso sí, tal como os comunicamos en el aula, con la condición de que nos hagáis llegar esos mismos textos en un archivo de word.
También os informamos de que en este curso, voveremos a participar en el programa "Poesía para llevar", de manera que al final de este mes de octubre tendréis ya en la Biblioteca el primero de los poemas semanales para que lo leáis y comentéis en el aula o en vuestra casa.

Para finalizar, os comentamos que justo al acabar el curso pasado, se editó en formato digital el nº 2 de la revista Poesía para llevar, que da cuenta de las actividades que se llevaron a cabo en todos los centros participantes en el curso 2010-2011.
Podéis descargarlo del siguiente enlace:
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martes 22 de marzo de 2011
Convocado el XIV Concurso Literario del IES "Baltasar Gracián"

Aquí tenéis el cartel con las bases del concurso de este año, cuya participación permite, para los premiados en las modalidades de poesía, participar a su vez en el Concurso convocado por el programa "Poesía para llevar".
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jueves 27 de enero de 2011
"Poesía para llevar" en el IES "Baltasar Gracián" de Graus

Como ya sabéis, pues el proyecto está en funcionamiento desde el primer trimestre, este año nos hemos sumado en el instituto al proyecto Poesía para llevar, que se concreta en una colección de hojitas volanderas, el "Poema semanal" —que recibimos cada semana en el Centro y que se encuentran a vuestra disposición en un expositor en nuestra Biblioteca—, a la que se suman los poemas mensuales, en formato de pequeño folleto de 8 páginas, y algunas ediciones especiales con ocasión de los finales de trimestre y algunas fechas señaladas.
El objetivo del proyecto, llevado a cabo por los IES Bajo Cinca, de Fraga, IES La Azucarera, de Zaragoza, IES José Mor de Fuentes, de Monzón, IES El Portillo, de Zaragoza, IES Sierra de San Quílez, de Binéfar, IES Hermanos Argensola, de Barbastro, IES La Llitera, de Tamarite, IES Bajo Aragón, de Alcañiz, IES Leonardo de Chabacier, de Calatayud, IES Pablo Serrano, de Andorra, IES Santa Emerenciana, de Teruel, IES Félix de Azara, de Zaragoza, IES Matarraña, de Valderrobres, IES Pedro de Luna, de Zaragoza, y nuestro instituto, es, simplemente, difundir entre toda la comunidad escolar la poesía, sin pretender otra cosa que su disfrute y sin que el posible trabajo que queráis desarrollar en el aula con los textos publicados tenga que hacerse forzosamente dentro de la asignatura de lengua Castellana y Literatura (es, de hecho, un proyecto de la Biblioteca Escolar).
Así pues, os invitamos, a los que no os acercáis con frecuencia por la Biblioteca, a que lo hagáis para haceros con la colección. Recordad que, como ya se anunció en su momento, al final del curso se ofreceran unas carpetas especiales para recoger en ellas el conjunto de los poemas recibidos este año.
Y ya que estamos, os recordamos que mañana se celebra el Día de la Paz y os informamos que, con este motivo, tendremos en la Biblioteca un número especial con poemas de Gloria Fuertes, que han elaborado los compañeros de Alcañiz y que han ofrecido generosamente al resto del grupo de participantes en el proyecto. Recitaremos algunos de ellos en los actos previstos para mañana en el Centro, pero os dejamos ya con uno, que resume perfectamente el espíritu de esta fecha tan señalada.
ARENGA
¡A las almas!
¡¡ Alto!!
He dicho a las almas
no a las armas.
Al enemigo hay que curarlo,
no eliminarlo.
Asesino asesinado no vale,
—sigue siendo enemigo—.
No sus cuerpos muertos,
nos interesan sus almas vivas.
¡A las almas!
No hay que vencerlos
ni convencerles,
hay que hacer amigos.
Y recordad que nosotros también para ellos
somos enemigos.GLORIA FUERTES
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miércoles 2 de junio de 2010
"Salvando a Mildragos", por David Aguilar Cava (2º premio 2010, relato, 3º y 4º de ESO)
Nunca en mis sesenta y tres años había visto tanta gente en la plaza del pueblo. Me hice paso a través de la muchedumbre y allí vi a un joven subido en una silla. A unos metros de mí pude diferenciar a Martín, uno de mis grandes amigos. Fui hasta él y le pregunté qué pasaba. Él me respondió que aquel chico, que decía llamarse Renard, estaba advirtiéndonos que un ejercito francés quería conquistar todo el valle en el que estaba nuestro pueblo, Mildragos, y otros cuatro más. Seguramente querían controlar la zona debido a que éramos el paso más cómodo para el comercio entre Este y Oeste. Yo sospechaba que el muchacho era uno de ellos. Su nombre y su acento francés lo traicionaban y, además, ¿cómo iba a saber los planes que tenía el enemigo? Pero cómo saber si delataba a los suyos o era una estrategia para despistarnos. Entonces llegó Marco Sanz, que era la máxima autoridad militar del pueblo. Se paró a hablar con el joven predicador mientras uno de sus "ayudantes" pedía que todos permaneciésemos en la plaza. De repente, Marco y Renard se separaron de la gente para hablar en privado. No podíamos abandonar la plaza, teníamos que esperar, así que Martín intento sacar un tema para conversar, y me dijo:
—Gonzalo, ¿tú crees que nos harán luchar contra los franceses?
Yo como un ingenuo le contesté que con sesenta y tres y sesenta y dos años que teníamos no iban a obligarnos a luchar. Más que una ayuda, seríamos un estorbo. Poco después, volvía solo Marco, Renard ya no estaba. A continuación se subió a la silla y nos comunicó que un ejército francés quería conquistar el valle. Ya tenían el primer pueblo, Nuevavilla, el último y más pequeño de los lugares, situado en la desembocadura del río . El siguiente era La Puebla del Mar, el más grande de los cinco. Marco calculaba que les costaría unos cinco o seis días hacerse con ella si el ejercito francés era tan grande como le había dicho Renard. La empezarían a atacar en cuatro días, con lo que teníamos algo más de una semana para prepararnos. La sorpresa llegó cuando dijo que todos los varones de más de dieciséis años debían presentarse mañana al salir el sol en esta misma plaza. Nuestra gran decepción fue saber que no había límite de edad. Se necesitaba toda la ayuda posible.
A la mañana siguiente, fui a llamar a Martín para ir juntos a la plaza, pero su hija pequeña me dijo que ya había marchado. Fui a la plaza, apenas estábamos treinta personas, pero no conseguía ver a Martín. Iba llegando gente de todas las callejuelas que daban al lugar y, al cabo de un rato, lo encontré. Estaba en la herrería, todos teníamos que pasar por allí para conseguir la espada con la que lucharíamos. Cuando el herrero nos las dio, me di cuenta que ninguno de los dos podía apenas levantarla, ¿cómo íbamos a luchar así?
Pasaban los días y nos reuníamos cada mañana en una pradera cercana al pueblo. Allí entrenábamos. Éramos unos trescientos soldados novatos y los franceses eran cerca de quinientos, pero bien preparados. Nuestra única opción de victoria era una buena estrategia y esperar a que el ejército de La Puebla del Mar acabase por completo o con una parte importante del ejército francés. Ya habían pasado cuatro días desde la visita de Renard, y por lo menos Martín y yo seguíamos torpes y lentos con la espada. En la comida, el único descanso que nos dejaban, hablé con él y le dije que si íbamos así a la batalla, seríamos un blanco fácil, que casi no prestaríamos ayuda a nuestro bando. Él me dijo que no podíamos hacer otra cosa, que nuestra hora llegaría tarde o temprano y que debíamos luchar por nuestro pueblo. Le conteste que sí que debíamos ayudar, pero tal y como estamos ahora no haríamos nada.
—¡Deja de comerte la cabeza! —me contestó—, hay unas cien personas en nuestra situación, yo pienso que algo aportaremos, ¿no crees?
—¡Tengo una idea!, podríamos llevar arcos en vez de espadas —le respondí.
Pero él solo hacía que criticar la idea, que si daríamos a alguno de los nuestros, que si no sabíamos manejarlo muy bien, que tampoco teníamos ninguno… Es cierto que habíamos perdido práctica, aunque él de joven era uno de los mejores arqueros de la zona. Pero un día alcanzó a un niño del pueblo en el hombro sin querer y, desde entonces, no ha vuelto a tocar un arco. A partir de ese día, nos peleábamos por cualquier cosa. Él me veía a mí mientras practicaba y no quería acercarse.
Un día, Marco me vio con el arco y se dirigió hacia mí.
—¡¿Qué haces con eso Gonzalo?! —me preguntó.
Después de responderle que no podía combatir con la espada, me contestó que no entraban arqueros en la estrategia planeada. Yo me negué a coger de nuevo la espada y entonces Marco acabó cediendo. Tuvo una idea: yo tenía que atacar a los que viese que mandaban, es decir, a los rangos más altos. Eso creo que me lo dijo solo por sacarme del medio.
Sin embargo, yo seguía insistiéndole a Martín que llevase un arco, que haría más así por el pueblo. Pero él continuaba empeñado en usar únicamente la espada. Poco a poco nuestra amistad iba desapareciendo, cosa que no comprendí que en una semana cambiásemos tanto. Al día siguiente llegaron noticias de La Puebla del Mar. Se habían rendido y habían acabado solo con unos ciento cincuenta franceses, lo que nos seguía dejando en clara desventaja. En tres días atacarían Mildragos y lo más seguro era la derrota. Marco, al ver la clara desventaja, mandó a diez de sus hombres a reclutar soldados en pueblos cercanos. Solo había un camino desde La Puebla del Mar a Mildragos, y este atravesaba un bosque. Allí atacaríamos al ejercito francés.
Los hombres más jóvenes se dedicaban a colocar trampas por el camino, mientras los más ancianos acondicionábamos el terreno a gusto de Marco. Era ya por la noche y fui a hablar con Martín, no quería estar enfadado con él en la que seguramente sería nuestra última semana de vida. Llamé a la puerta. Me volvió a abrir su hija pequeña y allí lo vi, sentado frente al fuego. Me acerqué despacio, yo llevaba un arco y flechas en la mano. Se lo había comprado por si cambiaba de opinión. Nos pusimos a hablar y le dije que era una locura que saliese con la espada, así que le entregué el arco. Por un momento pensé que lo aceptaría, pero levantó la cabeza lentamente y me dijo que me fuese, que agradecía mi interés, pero que quería estar solo.
El día siguiente fue parecido. Seguíamos preparando el bosque. Era temprano, había niebla, sabíamos que mañana sería la batalla. En algún pequeño descanso, practicábamos. Ya llevábamos un rato allí en el bosque, cuando uno de los hombres de Marco anunció que contábamos con un ejército algo más grande que el nuestro reclutado en pueblos cercanos. Todos nos alegramos, pero no duraría mucho tiempo. A media mañana, cuando ya se había despejado por completo la niebla, un muchacho anunció que los franceses atacarían hoy por la tarde. Rápidamente, los hombres de Marco fueron a avisar a los soldados de otros pueblos.
Ya estábamos en nuestras posiciones, la ayuda aún no había llegado, cuando empezamos a oír ruido a lo lejos. Era el enemigo. Cuando llegaron al bosque, varios cayeron en las trampas y cuando se adentraron un poco más, salimos por sorpresa. Yo aguardaba en mi escondite, dentro de un arbusto, buscando algún alto rango enemigo. Ya me cansaba de esperar y alcancé con las flechas a tres soldados franceses, cuando a lo lejos vi a un hombre montado a caballo dando instrucciones. Tense el arco, apunte, y… ¡NO! La flecha solo le rozó el brazo. El francés busco a un lado y a otro de dónde provenía la flecha y allí me vio. Yo me asusté tanto cuando vi que galopaba rápidamente hacia mí, que en vez de disparar, salí corriendo. Él llegó a mi altura, levantó la espada. Yo miré hacia arriba y cuando me iba a dar, una flecha le atravesó el pecho. Cayó al suelo. A lo lejos distinguí a Martín, me había hecho caso y vino con el arco.
—¡Rápido, ven aquí, ahí estas en peligro! —me grito.
Yo me dirigí hacia él cuando, de repente, un francés me alcanzó con su espada. No era una gran herida, pero fue suficiente como para que me desplomase sobre el suelo. La vista se me empezó a nublar, ya no percibía la humedad que había en el ambiente, no distinguía las voces, no me quedaban fuerzas y cedí. Cerré los ojos.
Cuando desperté estaba en mi cama. Al mi lado estaban mi mujer, mi hija mayor y Martín. Intenté hablar, pero estaba muy débil. Ellos se limitaron a decirme que no hiciese esfuerzos. Martín se dio cuenta de cómo le intentaba dar las gracias por haberme salvado. Mi hija me dijo que tenía mucha suerte de estar vivo y yo sonreí. Cuando ya me encontré un poco mejor, les pregunté por la batalla. Ellos me miraron y me dijeron que habíamos ganado. Cuando ya parecía que estábamos perdidos, llegaron las tropas de ayuda y los franceses huyeron poco después. También me dijeron que recuperaron Nuevavilla y La Puebla del Mar. Entonces Martín se dirigió a mí y me pidió perdón por no haberme escuchado en todo este tiempo, que si hubiésemos ido con las espadas, seguramente no estaríamos aquí. Todo parecía feliz, pero la tristeza pronto nos pudo al saber todas las bajas que hubo en nuestro bando. Todos eran amigos, familiares, conocidos. Ese fue el precio que pagamos por mantener el pueblo en nuestras manos.
David Aguilar Cava, 4º A de ESO
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jueves 27 de mayo de 2010
Premios del Concurso Literario del curso 2009-2010
Nuestras felicitaciones para los premiados y una advertencia: si queréis que vuestros textos (los premiados) sean publicados en este blog, hacédnoslos llegar, por favor, en formato digital.
LISTA DE PREMIADOS
1º Y 2º DE E.S.O.
RELATO:
PRIMER PREMIO
"El viaje de Jack", de Iván Lomillos
SEGUNDO PREMIO
"El príncipe", de Luuk Lomillos, y "La leyenda del alcalde que venció a las brujas", de Jesús Mascaró
POESÍA:
PRIMER PREMIO
"Las muñecas", de Ángela Serena
SEGUNDO PREMIO
"Los animales", de Mario Sin
3º Y 4º DE E.S.O.
RELATO:
PRIMER PREMIO
"Noche sin luna", de Violeta Díaz
SEGUNDO PREMIO
"Salvando a Mildragos", de David Aguilar
POESÍA:
PRIMER PREMIO
SEGUNDO PREMIO
"El otro", de Ignacio Castro, y "Lágrimas", de Jessica Frain
RELATO:
PRIMER PREMIO
"Experimentando el surrealismo", de Julia Martínez
SEGUNDO PREMIO
"Última estación", de Alberto Sin
POESÍA:
PRIMER PREMIO
"Guerra y paz", de Alberto Sin
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jueves 18 de marzo de 2010
Convocado el XIII Concurso Literario del IES "Baltasar Gracián"

No dejéis de participar: los textos premiados aparecerán publicados en este mismo blog.
- En el concurso podrán participar todos los alumnos matriculados en el centro.
- Habrá dos apartados con sus correspondientes premios: uno de narrativa en prosa y otro de poesía.
- Los textos narrativos en prosa no podrán exceder de cinco folios, escritos a ordenador a doble espacio y por una sola cara.
- Los textos de poesía no excederán los setenta versos. Podrán escribirse varios poemas sobre un mismo tema.
- Los originales deberán ser presentados por triplicado y bajo pseudónimo o lema y dentro de un sobre grande que se entregará en la conserjería del instituto.
- En el exterior de dicho sobre figurará el título del trabajo (relato o poesía), el pseudónimo o lema y el curso y grupo al que pertenece el concursante.
- En el interior del sobre grande deberá ir otro sobre pequeño cerrado en el que aparecerán los datos del concursante: nombre y apellidos, domicilio, teléfono y curso y grupo al que pertenece.
- El plazo de presentación de originales finalizará el próximo día 30 de abril.
- Habrá un apartado en ribagorzano, en cualquiera de sus variantes locales, al que podrán presentarse trabajos tanto en prosa como en verso y que tendrá sus propios premios.
- El fallo del jurado se hará público a finales de mayo. La entrega de premios se efectuará a final de curso.
- Los premios podrán declararse desiertos si el jurado lo estima oportuno.
- Las obras premiadas quedarán a disposición del centro, que se reserva el derecho de publicarlas. Las que no resulten premiadas no serán devueltas.
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martes 21 de julio de 2009
"El Monte de las Ánimas", de Joshua Pelegay (Segundo Premio Narrativa Bachillerato)
EL MONTE DE LAS ÁNIMAS
En el año 911, en un pueblo de la región de Holyland llamado Saxnäs, al Sur de Noruega, se libró una batalla entre cristianos y vikingos por la independencia de estos pueblos daneses, suecos y noruegos. Esta batalla tuvo lugar en una colina cercana a Saxnäs, donde el rey francés Carlos III el Simple, perdió la vida y la guerra contra estos pueblos nórdicos.
El tiempo fue pasando y con él iban en aumento el número de leyendas que se creaban sobre aquel importantísimo suceso; estas leyendas, debido a su contenido, fueron las que dieron el nombre a la colina: El Monte de las Ánimas. De todas estas leyendas que se contaban, la que más miedo creaba entre las gentes del lugar era la que contaba un viejo anciano de Saxnäs. Según decía, él había sido testigo de una masacre llevada a cabo por las almas de los cristianos asesinados en ese monte que habían despertado por la presencia de infieles a su alrededor; él había sido el único superviviente de aquel fatídico día de verano en el que se celebraban los cien años de la independencia de los cristianos. En el pueblo de Saxnäs, que por aquel entonces se llamaba Nodsinni, no hubo ningún superviviente, a excepción del anciano. Años después del suceso, llegó al lugar un pueblo nómada venido del norte, el cual se quedó a vivir a pesar de la insistencia del anciano de que no lo hicieran. Con el paso del tiempo fueron temiendo más a la leyenda, a excepción de un joven de veintidós años llamado Ordan, el cual se mostraba escéptico frente a todos esos cuentos y leyendas que se contaban, aunque no mantenía la misma postura frente a lo que podía haber después de la muerte.
Ordan era un joven campesino poco temeroso, pero no por ello más orgulloso ni engreído, sino más bien todo lo contrario, era discreto y tímido. No tenía padres y era poco querido en la zona. Estaba saliendo en secreto con Darna, la hija del herrero del pueblo, que tenía su misma edad; una bella mujer morena de pelo largo y liso recogido con una banda de color azul cielo. Tampoco tenía madre y siempre vestía un camisón blanco. Solamente se veían por las noches y algún amanecer en el Monte de las Ánimas para no levantar sospechas.
Como todas las noches y a la misma hora, ambos se dirigían al lugar de encuentro por diferentes caminos, ansiosos de verse sin sospechar que esa noche iba a ser muy diferente a las demás. Una vez llegaron a la cima se pusieron a soñar sobre el futuro que les tocaría vivir, sentados y apoyados uno sobre el otro junto a un joven ciprés. Estaban a punto de marchar cuando Ordan vio una luz de un blanco intenso en el bosque que se dirigía hacia ellos y, no supo por qué, enseguida le vino en mente la leyenda del anciano, así que cogió a Darna de la muñeca con todas sus fuerzas y corrieron hacia el pueblo por el camino más corto a toda prisa sin mirar atrás y sin temor a que les pudieran ver juntos. Una vez en Saxnas, Ordan acompañó a Darna hasta la puerta de su casa para asegurarse de que llegaba sana y salva. Ya en la puerta, Darna se dio cuenta de que había perdido su preciada banda y le pidió a él que fuera a buscarla para que su padre no notara nada. Por un momento, Ordna dejó de vivir sabiendo lo que le esperaba en el bosque si iba a buscarla, pero no pudo no hacer caso a la mujer a la que amaba ni permitir que descubriesen el secreto, a pesar de que tarde o temprano tendría que desvelarse; así que se armó de valor y corrió en busca de la banda haciéndose creer a sí mismo que todo era una ilusión, y prometiéndole que al alba la tendría.
A la llegada de la aurora, Darna se asomó a la puerta al ver que no llegaba y descubrió su banda ensangrentada en el suelo. Ella rompió a llorar y no pudo dejar de pensar en lo egoísta que había sido la noche anterior. Poco después, apareció detrás de ella su padre, el cual le preguntó, sin esperar respuesta, qué le pasaba. Con los ojos llorosos miró a los de su padre y no supo contestar, así que él se adelantó y le dijo que conocía su relación con Ordan. Ella se levantó y lo abrazó con todas sus fuerzas.
Aquella misma tarde hicieron el funeral, al cual sólo asistieron Darna, su padre y el sepulturero. Desde aquel suceso, ella no volvió a levantar cabeza.
Darna recordaba siempre las palabras que le dijo Ordan la última noche junto al ciprés. Le dijo que si algún día le pasara algo, su alma siempre reposaría en aquella fuente en la que se miraron a los ojos por primera vez. Así que allí iba cada atardecer por si él regresaba a verla en la oscuridad. La verdad es que el alma de Ordan siempre acudía al lugar. Todas las noches hasta el amanecer se sentaba junto a ella, le hablaba al oído y le rozaba la piel, y cuando se iba le pedía en silencio que regresara a la noche siguiente. Lo cierto es que Darna no sabía si estaba o le veía, pero lo que sí que sabía es que jamás le iba a olvidar.
Fue una noche de invierno cuando ella se durmió junto a un almez cercano a la fuente y el alma de Ordan entró en su sueño vestido de negro frente a una intensa luz blanca. Él le dijo que desde allá arriba, desde más alto de las nubes, podía ver más de lo que su alma era capaz de soportar; que no llorase por él porque su alma iba a estar siempre con ella; que estaba muy agradecido con que viniera a verle todas las noches al lugar que le prometió que él descansaría; que le destrozaba cuando se iba a la llegada del alba, pero que le llenaba al regresar con sus manos vacías. Por último le dijo que sabía que su muerte la había roto el corazón, pero que ella debía llegar hasta el final del camino y no pensar en que ya no iba a poder estar más junto a él, ya que su alma le acompañaría adonde ella fuese.
Al despertar de aquel sueño, tenía consigo la ropa de Ordan, su brazalete de cuero y el fino olor de su piel y comprendió que debía ser la última que debía pasar junto a la fuente.
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lunes 20 de julio de 2009
"Una dulce amistad", de Ángela Serena (Primer Premio Narrativa 1º y 2º de ESO)
UNA DULCE AMISTAD
—Hola, Clara, soy Mercedes, tu médica, me gustaría saber cómo te encuentras.
Pero, se puede saber qué dice esta loca; la veo mover los labios, pero no la escucho; debo de estar dormida, aunque... si estuviera dormida, no la vería. Por cierto, ¿dónde estoy? —pienso—.
—¿Qué dices? No te oigo, ¡sólo oigo pitidos!— dije yo un poco alterada. —¿Dónde están mis padres? ¡Quiero verlos! Y también quiero ver a mi hermana.
Vi que la médica se iba con la cara triste y me dejaba con la enfermera, que me acababa de inyectar un tranquilizante; lo sé porque noté cómo se me cerraban los ojos, y de sueño no era porque me acababa de despertar. Bueno...., ya podía volver a soñar.
—Cariño, mi vida, soy yo, mamá.
—¡Mamá!,— grité toda feliz —¿cómo estas?
—Bien cariño, ¿y tú?
Mierda, ya estábamos otra vez con los pitidos de las narices, ¿es que no me iban a dejar tranquila?
—Mamá..., no sé lo que me has dicho, sólo oigo unos pitidos muy agudos, como si me fueran a explotar la cabeza y los oídos —dije yo un poco más tranquila.
A mi madre, se le ocurrió la idea de que en lugar de hablar íbamos a escribirlo, y lo primero que escribió fue:
“Clara, los médicos nos han dicho a tu padre y a mí, que debido a la fuerte infección de oídos que tenías ha podido dañarte el tímpano y te ha dejado sorda. Aunque tu padre y yo albergábamos alguna esperanza de que no fuera así, pero los pitidos lo dicen todo".
¡Qué! ¡Sorda yo!, no, no podía ser, ya no volvería a oír la dulce voz de mi hermana cada vez que me decía “te quiero”.
Me puse a llorar tanto que al final acabé durmiéndome y nadie me despertó. Sólo me despertó la enfermera para darme la medicación y, como me aburría en la habitación, decidí ir a dar una vuelta.
Nada mas salir de la habitación, vi salir a una chica llorando y dando tumbos sin saber a dónde ir. No sé por qué, pero me dio pena y, cuando la vi y descubrí que era ciega, me entró una gran necesidad de ayudarla, así que me armé de valor y fui a hablar con ella.
—Hola, soy Clara, me gustaría saber qué te pasa, pero hay un pequeño problema y es que soy sorda, pero, si hablas despacio, te podré leer los labios, así que, si quieres puedes empezar, aunque entendería que no quisieras contárselo a una extraña como yo.
Pero todo lo contrario, Marta, que así se llamaba ella, me contó, en su habitación, que por culpa de un accidente de tráfico había sido operada y algo debía de haber sucedido para que no fuera bien, dejándola ciega.
Cuando la madre de Marta llegó y vio a su hija volver a reír después del accidente fue una gran sorpresa para ella. Inmediatamente llamó a la enfermera para ver si podían ponernos juntas, y ésta accedió.
Al cabo de unas tres semanas aproximadamente nos dieron de alta a Marta y a mí. Pero lo duro empezaba ahora, teníamos que adaptarnos a una nueva vida y dejar atrás la vida que habíamos llevado hasta ahora.
Las familias decidieron buscar un Centro donde pudiéramos estar juntas. Como éramos de distintas ciudades, tuvieron que ir a la capital, donde había colegios adecuados para nosotras y podíamos compartir la misma residencia.
Luego en el colegio empezó lo peor porque nos sentíamos un poco desorientadas y no sabíamos desenvolvernos muy bien. Pasaron los días y nos fuimos adaptando a la nueva manera de vivir.
Dejamos una vida atrás, pero una nueva nos empezaba y estábamos ilusionadas porque nos unía una gran amistad y esto nos ayudaba a superarnos día a día.
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"Camino hacia la esmeralda" (Segundo Premio Narrativa, 1º y 2º de ESO)
CAMINO HACIA LA ESMERALDA
Hace miles de años, o más... , en un país llamado Ferlondon en una casita, que se podría llamar moderna, vivía un joven aprendiz de mago de 20 ó 22 años, llamado Orlaf, al que habían encomendado tres peligrosas pruebas para ser mago de la cohorte de Elduwin (una provincia). La primera debía regresar al pasado y salvar a la gente de Ferlondon del terremoto; Orlaf sabía parar un terremoto, pero no sabía viajar al pasado y se quedó mirando al lago tristemente.
De pronto alguien le quiso robar de un tirón y lo tiró al agua y perdió el conocimiento. Al momento de volver en sí lanzó un conjuro y una bola lo protegió del agua. Cuando salió del lago vio a gente conocida que había muerto, ¡había viajado al pasado!
Pasaron unos días hasta el terremoto y con un conjuro, que le costó lo suyo, consiguió que no se produjera el terremoto.
De pronto despertó, todo había sido un sueño.
Cuando fue a decirle al rey que no lo había conseguido, el rey lo felicitó por su hazaña y él, todo Contento, continuó con la segunda prueba.
La segunda consistía en hacer renacer el Bosque Incendiado, que fue la más fácil. La última fue terrorífica, nadie la había conseguido: el Cofre de La Esmeralda, que mataba a hombres por placer, y él tenía que entregársela al rey.
Orlaf se puso en camino hacia el bosque de Rcnar, donde reinaba el mal, Atemorizado y Rodeado por la niebla, descubrió algo que brillaba, era una cajita, en cuyo Extremo se leía: "sólo personas de buen corazón podrán apoderarse de este cofre y Esmeralda". Orlaf lo cogió y lo llevó ante su rey, que puso una cara de ambición terrible. Él Entendió para qué quería la caja de la esmeralda y utilizó un hechizo de invisibilidad y escapó Bien lejos de allí.
Escondió la caja de la esmeralda donde nadie la pudo encontrar.
Escrito por Orlaf, aprendiz de mago.
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"El barrio chino", de Jessica Frain (Primer Premio Poesía 3º y 4º de ESO)
EL BARRIO CHINO
para visitar al adivino.
Entre el barrio chino y el instituto
quedaba una valla, y un enorme muro,
que de nombre recibía
«La muralla china».
Pero teníamos un grave problema,
las horas restantes eran el dilema;
pero decidimos irnos igualmente.
Nos levantamos y nos fuimos,
llegamos hasta el patio sigilosamente.
Y de repente ¡pum!, apareció un profesor
al que todos llamamos Tirano el dictador
y dijo: "Está prohibido saltar la valla".
Así que, para variar, trepamos la muralla.
Al otro lado era otro mundo,
vivos colores, dragones bailando.
Cuando nos dirigíamos a buscar al predicador
nos bloqueo el paso la banda
y yo me tropecé con la batuta del director...
...que abrió la boca y chilló con voz de soprano
y se giró y vimos que, ivaya!..., ¡era el tirano!
"Está prohibido...” empezó de un gritón.
Asustados, nos escapamos por un callejón.
Llegamos hasta la casa del sabio,
el viejo llevaba el nombre de Octavio.
Nos abrió la puerta y dijo: "Pasad".
Nos había estad esperando.
Nos dirigimos todos a la sala de estar,
sacó su bola cristalina y se puso a mirar.
Dijo: "Veo, veo... ".
Preguntamos: "¿Qué ves?"
Contestó: "Un profesor con cara de estrés".
Y de repente, ¡pum!, explotó el adivinador
Y en su lugar estaba... ¡Tirano, el dictador!
Abrió la boca y dio un bramido:
“Os he dicho que esta prohibido... ".
Pero entonces le interrumpió al profesor
el estruendoso pitido que causaba mi despertador.
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viernes 26 de junio de 2009
"El final de una nana", de Andrea Subirá (Primer Premio Narrativa Bachillerato)
Si pudieras conocer el destino, todo lo que ha ocurrido y lo que aún está por venir; ¿cómo te sentirías?
Hace mucho tiempo, nació un muchacho capaz de alcanzar las hebras que el destino tejía. Sólo tenía que colocarse ante un libro, abrirlo, y leer. En el momento en el que las letras cruzaban su visión, empezaba a tejerse el tapiz que le permitiría ser conocedor de los más oscuros secretos del porvenir.
Como si fuera un sueño común para todos, las predicciones de ese chico se hacían realidad. ¿Qué es lo que veía? Sólo él lo podía saber. Su secreto fue conocido a lo largo y ancho de todo el mundo y el joven fue arrancado de su vida y obligado a vivir una muy diferente, con el único objetivo de guiar a todas las personas, garantizándoles una vida tranquila y libre de imprevistos; y desvelando los eventos que serían próximos para todos aquéllos que alguna vez le preguntasen.
…
Morirás a la edad de dieciséis años.
"Y con la ayuda del maestro Lían, hoy también será un día bueno y seguro."
"Basura, todas estas personas no son nada más que basura." Murmuré fijándome en sus estúpidas y ridículas caras, viendo cómo adoraban algo que sólo les va a llevar a su destrucción. ¿Seguirían adorando esta desgracia incluso cuando sea la dictadora sus últimas palabras?, ¿incluso cuando suene la campana anunciando el final de toda una vida echada a perder? Este mundo no es nada más que un montón de sucia basura.
Está nevando. Los ligeros copos de nieve que caen del cielo sumergían el mundo bajo una capa de blanco. Moviéndose como los pétalos de las flores que bailan con el viento en la última primavera, así de frágiles y suaves caen hasta que llegan a la tierra. En la distancia podía ver nubes oscuras avanzando lentamente, engullendo zonas blancas en una sombra leve; pero era casi inapreciable en su reflejo brillante y aparentemente impecable. Cielos más o menos despejados reinaban sobre la ciudad en ese momento, y podía ver algunas estrellas brillando con intensidad en el firmamento y en las aberturas entre las nubes, de un suave matiz escarlata. Una estrella fugaz pasó rápidamente ante mi vista pero ni siquiera me molesté en pedir un deseo. ¿Para qué desear, cuando el destino ha decidido mi futuro por mí, y yo conocía ya mi final? Recuerdo que hace mucho tiempo, cuando era joven e ignorante; alguien me contó que la nieve son las lágrimas de los ángeles, que caen a la tierra desde lo más alto de los cielos empíreos. Pero esto, como mi sonrisa al observar los caprichos del destino, es falso. Echo un vistazo fuera a la nieve que cae, mientras lentamente mi mano se apoya en la parte baja de la ventana. Murmuro silenciosamente ignorando mis temblorosos dedos y el frío amargo del cristal.
"El año que viene ya no estaré aquí. Esta nieve que veo helada en mis ventanas y cayendo del cielo reposará sobre los ojos de mi cuerpo, cerrados eternamente. Nunca más la volveré a ver."
…
¿Cuántos días quedan ahora? Sé que es menos de un año. No estaré vivo el próximo' invierno. No estaré vivo la próxima vez que nieve.
Puedo sentir mi puño y mis dedos cerrándose mientras contemplo mi propia mortalidad. Ignorando mis pensamientos persistentes miro más allá de las escaleras, hacia la ciudad.
Chispeantes luces de colores medio cubiertas de nieve decoran las calles, alineadas en los marcos de las puertas, los de las ventanas, en los tejados... Por todas partes. Estas personas, esta escoria, están felices e ignorantes, merodeando con expresiones sonrientes y sus bufandas abrigándoles por encima de la nariz. Esta escoria debe de estar disfrutando el día seguro y sin imprevistos que les aseguré esta misma mañana. Están correteando por todos lados, sosteniendo muchos tipos de paquetes, y felicitando a los otros individuos con los que se encuentran...
¿Por qué hay tantas luces brillantes? ¿Y verde, y rojo, y otras muchas decoraciones festivas? Puedo oír música sonando tenuemente desde donde estoy, a través del cristal de mi dormitorio en lo más alto de la catedral. Miro apáticamente mi reflejo mientras me alejo del cristal y doy la espalda a las festividades de la ciudad de abajo. Mis párpados descienden sobre mis ojos mientras la melodía continúa resonando en mi memoria. Recuerdo esa canción.
La puerta de mi habitación se abre. Una voz tímida se oye detrás del marco de la puerta.
"¿Lian? ¿Se encuentra bien? Siento mucho molestarle." Abro mis ojos mientras la veo entrar y cierro la puerta tras ella, silenciosamente. Me sonríe, a pesar de que a través de sus ojos puedo ver que está preocupada y confusa. Está cavilando algo en su mente.
"Aria, acércate." Ignoro su pregunta y hago un gesto hacia la ventana. Veo cómo ella se asoma tras el cristal y hace pasar el brillo de las luces. Sonríe, y por alguna razón me siento menos vacío, menos indiferente con el mundo. Esta extraña alegría... Sonrío en mi fuero interno ante su inocencia, la mente de mi asistenta no sabe absolutamente nada sobre los caprichos del destino. Hace mucho tiempo que decidí mantenerla alejada de esta desgracia, evitar que se convierta en lo mismo que todas esas personas que dependen de mi lectura para vivir. "Aria", le digo. Ella se gira y su largo cabello caoba fluye tras ella mientras me mira, y centra sus ojos escarlata sobre mí. Reparo en ellos y me sorprendo a mí mismo sonriendo mientras hablo. "Quiero que vengas fuera conmigo, es tu tarea como asistenta."
"Sí, ¡por supuesto! Donde quiera que vaya, no me separaré de usted." Ella me sonríe. Su cara resplandeciente me hace sonreír a mí también. Es irónico; sé que ella tiene que venir conmigo y seguir mis órdenes. Después de todo, ella es mi asistenta; y debe acompañarme y evitar a toda costa cualquier situación peligrosa por mi seguridad.
"Está bien, ve a coger tu abrigo y nos marcharemos. Nos reuniremos en la entrada en diez minutos, entendido?"
"Sí, ¡por supuesto! Haré todo lo que usted me pida." Ella se da la vuelta para salir de mi habitación, pero antes de girarse, una expresión confusa aparece pintada en su cara. La ladea levemente cuando dice, "Señorito Lian, fuera... ¿Por qué hay tantas luces?"
Navidad... ¿Cómo podía olvidarlo? Esa canción... ¿Cuándo había sido la última vez que había celebrado la Navidad? Tuvo que ser hace mucho tiempo... Toda esta celebración es basura, como todo este mundo. Familias, amistad, amor... No creo que ni siquiera me acordase de reconocer su existencia el año pasado...
Después de todo; ¿qué es la Navidad sino otro día más para golpearme en la cara con la realidad de una muerte inminente y mi propio final?
La nieve caía con más fuerza, los blancos copos de cristal ganaban en tamaño. Las nubes oscuras se habían cernido sobre la ciudad sumiéndola en sombra, sin embargo, las luces claras y coloridas disipaban las sombras y la nieve bañada en su luz brillaba en el reflejo de muchos de los colores festivos. Podía sentir la helada respiración del viento ondeando entre mi pelo, pellizcando dondequiera que mi piel descubierta estuviera sin cubrir, incluso a través de mis ropajes. Las gotas cristalizadas de agua pura llegaban hasta mis tobillos, casi hasta las rodillas. Podía sentir mi desgraciado cuerpo resistiéndose a funcionar. Pero ignoré sus protestas. "¿Lian, tiene frío?" Miré hacia donde estaba la chica, a mi lado. Sacudí la cabeza y me giré, observando a lo lejos una ventana abierta donde un árbol de navidad permanecía decorado cuidadosamente con luces y ornamentos, encabezado con una estrella. Bajo las largas ramas del abeto había cajas, envueltas en colorido papel festivo coronado con cintas y lazos. Podía ver una familia unida sentada: un padre, una madre, y un niño... Estaban todos acurrucados bajo una cálida manta de lana gozando del calor del fuego, que chisporroteaba.
¿Por qué no soy como ellos? ¿Por qué estoy solo? ¿Por qué no tengo una familia? ¿Por qué?
¿Por qué tuve que convertirme en esto, precisamente yo...?
Recuerdo... celebrar la Navidad... hace mucho tiempo... Recuerdo decorar un viejo y desarreglado árbol, con sus ramas de abeto rompiéndose y cayendo de cualquier lugar donde mis dedos o mangas tocasen la delicada rama. Algunas veces hice adornos arrancando páginas de los viejos libros que los Maestros me dijeron que leyera. Se enfadarían mucho conmigo, pero no me importaba... No lo entendía... Quería ser como las familias que había estado observando desde fuera a través del cristal de las ventanas de la ciudad.
...y solía tocar esa canción... No recuerdo dónde la aprendí, pero la tocaba cada vez que era Navidad... Hasta que...
"¿Lian?" Salí de mi recuerdo y volví al cruel presente. De repente me hice consciente de mis manos temblorosas, expuestas; y de las suyas cerradas firmemente, envolviendo las mías propias. Sus grandes y luminosos ojos vieron a través de los míos, y entonces pude ver la preocupación que en ellos guardaba. Pude sentir su tenso abrazo sobre mis manos desnudas, y ver sus labios fruncidos con preocupación. No le pegaba, no cuando la recordaba bailando alegre entre pétalos que caen, y sus ojos y su cara radiantes a la luz del sol, y su también su preciosa risa resonando a través de los frondosos valles verdes. Le sonreí antes de alejarme de su mirada, y también de la ventana abierta. Murmuré silenciosamente en el viento, mientras cerraba los ojos recordando de nuevo,
"Siento haberte preocupado, Aria. Sólo estaba recordando."
Me miró sin terminar de entenderme.
"Volvamos ya a la catedral, la nieve se está haciendo más espesa."
"Vale, Señorito Lian... "
Volvimos a la catedral, que aún estaba penumbrosa con su silencio y vacío. Las velas habían sido encendidas para darle a la catedral un aspecto más festivo, aunque también para conseguir una decoración menos fría y más agradable, adecuada a ojos de las personas. Mientras, pasaba la mirada por la habitación, fijándome desde el reflejo del manto de nieve en la calle hasta llegar a la penumbra de la catedral.
¿Por qué?
Veo a los maestros detrás mientras van de un lado para otro exclamando palabras incomprensibles para los demás.
Me siento en el suelo sujetando el libro que he tomado de la biblioteca, el sitio que menos me gusta. Siempre estoy solo allí. Allí o en mi habitación, condenado por mi cuerpo débil y decadente. Todos los días me fuerzan a leer innumerables textos, buscando significados, encontrando nuevos sucesos, ignorando mis sentimientos al saber todo lo que ocurre en la tierra, y a su vez, mi propio final... Mis ojos se vuelven borrosos a medida que me esfuerzo para descifrar la escritura a mano, tan minúscula. La pila de libros que tengo detrás es tan alta que casi sobrepasa mi propia altura. No tengo otra cosa que hacer que leer y leer.
Leer hasta que...
"¿Señorito Lian?" Me giro y sonrío a mi auxiliar personal antes de deslizarme una vez más sobre las antiguas teclas. Mis dedos no están preparados y todavía tiemblan cuando los acomodo sobre éstas, frías. Hago caer unas pocas notas, el principio de la nana que aprendí hace mucho tiempo, cuando todavía era ignorante de mi destino y de mi deber. La nana, como si al contacto consiguiera liberarse de unas cadenas de plata, abandona fácilmente mis dedos a medida que toco más rápido y a mayor volumen. Todavía me acuerdo. Las teclas de marfil son más pesadas de lo que recordaba, seguramente por la antigüedad del teclado o por mi propia debilidad. Mis dedos permanecen inseguros y más débiles que hace todos esos años, pero todavía son capaces de planear sobre el teclado. Las notas, la melodía todavía suena pura como el cristal a pesar de la antigüedad del instrumento. Puedo oír los ecos de la inquietante melodía llenando la habitación, trayéndola a la vida una vez más. Cuando toco por último las notas restantes, escucho unos aplausos detrás de mí y me siento recompensado por una amplia sonrisa.
"Lian, ¡ha sido impresionante! ¿Cómo lo ha hecho?" Ella me sonríe y me siento a mí mismo olvidar que mis dedos tiemblan mientras tomo suavemente su mano derecha. La dirijo a las teclas lisas y coloco sus dedos ligeramente en posición. Ella la mantiene torpemente mientras me mira, confusa pero solícita. Entonces elevo mi mano derecha sobre la de ella, una octava por encima, y comienzo a tocar el principio de la nana lentamente, una nota cada vez, y una pausa en la que ella se esfuerza e imita mis dedos. La guío mientras toco, empieza a familiarizarse y a sentirse más cómoda.
Levanto la mirada mientras ella toca el principio de la melodía con una mano. Sobre sus ojos las cejas se fruncen, denotando concentración. Poco después toco otra vez, ahora junto a ella, y juntos escuchamos las notas alzándose libremente en la habitación. Mis dedos cada vez más temblorosos suplican que me detenga, y finalmente decaigo y acepto sus ruegos. La última nota resonante del preludio marca el final de la pieza. Y cuando el eco desaparezca, silenciosamente la melodía de la nana morirá. Entorné mis ojos en la palidez de mis manos, y alcanzando a ver mi lívido reflejo y mis fríos ojos verdes sobre el cristal de la ventana, congelado, comprendí que no podría volver a tocar otra vez.
Estoy sentado otra vez en mi habitación, solo y mirando por la ventana. Mi cabeza apoyada sobre una mano mientras observo en la distancia los copos de nieve que reflejan un millar de arco iris en el esplendor de la luz. No hay dos iguales, son todos diferentes sin importar cuán similares pueden verse y aunque parezcan idénticos los unos a los otros. Hoy es Navidad y es la última Navidad que tendré nunca. Es una fiesta celebrada por esa escoria. Qué irónico es que aunque vaya a morir, esto no supondrá ninguna diferencia para estos trozos de basura. Qué estúpido, que aunque yo desaparezca, seré sustituido. Entonces nadie notará la diferencia.
Menos de un año. Queda poco más de medio año de vida. El momento se está acercando... Desapareceré completamente de este mundo.
"¿Señorito Lian?" Mis oídos lo perciben en cuanto me giro hacia la puerta. Está abierto y ni siquiera había reparado en sus pasos aproximándose. "Tengo algo para usted... " Sostiene un pequeño paquete envuelto en el mismo papel bonito que vi a pies del árbol de aquella familia. Está decorado toscamente con un listón y un lazo.
" ... " Silenciosamente acepto su paquete. Se arrodilla ante mi asiento y observa con sus profundos ojos mientras lo abro con cautela. Lo saco, lo sostengo en mis manos y sonrío ante el pequeño mecanismo mientras le doy cuerda. La melodía, familiar, comienza a fluir a través de mi cuarto bañado en la sombra. Abro la boca para hablar, pero repentinamente me interrumpe.
"Es su regalo, Señorito Lian, porque quiero celebrar la Navidad únicamente con usted." Me hundo en sus ojos inocentes y lo único que siento dentro es calidez. Me levanto y aparto la mirada de ella mientras me dirijo a la ventana y observo la nieve.
"Aria... Gracias, pero no tengo nada para ti. ¿Cuál sería tu mayor deseo por Navidad?" Yo sabía perfectamente cuál sería el mío. Sería que mi persona pasase desapercibida y nunca más volviera a ser capaz de leer el porvenir ni conocer mi propio final. Mi deseo sería no tener que vivir esta vida ahogada en la desesperación y no haber presenciado nunca la cuenta atrás hacia mi propia muerte... Mi deseo sería no desaparecer tan pronto.
Entonces percibo sus pequeños brazos envolverme firmemente por detrás. La oigo susurrar silenciosamente, su templada respiración se acaricia contra mi oreja:
"Quiero que sea feliz... y quiero estar siempre junto a usted, Lian."
" ... " Miro hacia la ventisca arreciando tras mi ventana y le digo pausadamente: "Si voy a desaparecer de este mundo para siempre, te lo diré de antemano... "
Me mira. Sus ojos escarlata recaen sobre los míos y descubro que mis temores son ahora los suyos. Puedo oír su voz suplicante ahogándose en la amargura de una realidad que no quiere aceptar.
"No... Yo no... ¡Yo no quiero que desaparezcas! Sea tu deber o sea el destino, no me importa, quiero que estés conmigo... Sólo tú, Lian, ¡siempre! No quiero estar sola nunca más... " Puedo sentir sus lágrimas saladas a través del tejido de mi camisa. Su abrazo, entonces, se vuelve más tenso.
¿Sola? ¿Nunca más?
Me agacho mientras su abrazo disminuye y continúa llorando. La envuelvo contra mi cuerpo y extiendo mis dedos temblorosos, apartando una lágrima derramada de su mejilla. Abre sus ojos y de repente me agarra, presionándome firmemente contra su pequeño cuerpo. Puedo sentir que sus delicadas manos cerradas sobre mi espalda no quieren dejarme ir.
"No desaparezcas... por favor." Me lo ruega. Permanezco impasible, mirando con apatía hacia la esquina más oscurecida de mi habitación. Unos segundos después le respondo.
"Sólo estaba bromeando... No me hagas caso." Su abrazo se vuelve más firme mientras me mira con sus ojos escarlata, atravesando los míos, que encarnaban las esmeraldas. Sonríe levemente, lágrimas siguen brotando de sus ojos.
"Hasta entonces, no importa el qué, deja que esté siempre a tu lado, Lian... Por favor... Por favor... Por favor... " Su sonrisa y sus ojos se dirigen a mí... y sonrío también cuando cierro los míos y asiento.
"Sí."
…
"Incluso si mi yo real muere pronto, desapareciendo completamente de este mundo..."
... Es tan dulce...
"Porque con la ayuda del maestro Lian, ¡hoy también será un día bueno y seguro!"
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jueves 25 de junio de 2009
"Poesía a Selene", de Joshua Pelegay (Segundo Premio Poesía Bachillerato)
Como jirones de vapor
pretende escapar la luna
y así probar fortuna
por las sendas del amor.
Como una tempestad
pretende escapar Selene
a ver si así suerte tiene
en la busca de verdad.
Pero cuanto más se aleja,
añora y siente tristeza,
débil y sola se queja.
Y es que por naturaleza
necesita al sol que refleja
como nieve su belleza.
Ya no volverán aquellos días
en los que sobre nosotros escribía.
No más sonrisas... No más alegrías...
No me diste nada, y jamás lo cambiaría
y es que no sé por qué, pero sé que en verdad me querías.
No volveré a escribir a ninguna otra como a ti,
ya que como luna solo hay una,
ya no hay más musas para mí.
Soñé un futuro, un futuro junto a ti,
pero hoy es mi futuro y siempre tendré presente
que en el pasado luna llena me hubo amado.
Hoy solo queda el recuerdo,
y a él le escribo, que si estuve loco por ti,
por tu ausencia hoy estoy cuerdo.
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"La pérdida de la esperanza", de Francis Frain (Segundo Premio Poesía, 1º y 2º de ESO)
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"Beso", de Melanie del Pino (Primer Premio Poesía, 1º y 2º de ESO)
Escribo con mi aliento estas palabras llenas de pasión; te las dedico con amor, un beso y todo mi corazón. Te lo entrego todo en el envoltorio de mis labios. Las letras corren por mi lengua hasta que ésta se toca con la tuya, edificando un puente entre ambas almas por el que mis palabras corren hasta llegar a tu garganta, por la que se deslizan hasta tu corazón para llegar a tu sangre; fluyendo por ella hasta tu cerebro para conseguir un estímulo, que te haga reaccionar y apoyar tus labios sobre los míos para depositar en ellos toda la pasión de la que eres dueño y entregarme tu alma, con tan solo un beso.
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miércoles 24 de junio de 2009
"Mi jardín", de Mario Sin (Segundo Premio Poesía, 1º y 2º de ESO)
La rosa roja
o tal vez blanca
y una hormiga coja
con voz ronca.
La margarita blanca,
qué hermosura,
el clavel rojo
es mi ventura.
Voy a poner un huerto
lleno de flores y alegría
para ir por la mañana,
a despertar el nuevo día.
Los árboles son grandes,
llenos de frutos apetitosos,
que recogen sin parar
mis dedos hermosos.
Estoy en la ventana,
la mañana crece,
con el canto de los pájaros
el cielo se enrojece.
Con el calor del mediodía
la rosa más roja
crece deprisa
para que la escoja.
Al atardecer
riego las flores,
les doy cariño
pues son mis amores.
Por la noche
sueño con ellas
a veces me despierto,
¡qué bellas!
Al día siguiente
otra vez repitiendo
el mismo trabajo
como yo lo entiendo.
Y al mes siguiente
sigo con lo mismo,
cuidando a las flores
como a mí mismo.
Y al año siguiente
volveré a plantar
rosas, geranios
y otras flores de azahar.
Son las flores mi pasión,
yo siempre las cuidaré
y siempre algo de ellas
¡Esperaré, esperaré!
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"Un buen amigo", de Mario Sin (Primer premio Relato, 1º y 2º de ESO)
Como sabéis al terminar la época de caza, muchos perros son abandonados o asesinados. Esta es la historia de Gufi.
Gufi es un perro grande ya no útil para la caza porque ya ha llegado a una edad muy alta. Es muy cariñoso, siempre quiere hacer trabajos, pero ya no es útil. Gufi es un galgo, una raza muy seleccionada para la caza, aunque no sean perros muy guapos; suelen ser flacos. Guifi era todo lo contrario a eso. Gufi, en sus primeros años, era un perro muy guapo que no aparentaba que era un galgo, también era fuerte. Pero en estos últimos años estaba muy débil y ya no era útil para la caza ni para ninguna faena. Entonces para su dueño no es más que un estorbo de perro. Porque solo le tiene que dar de comer. Todos lo maltrataban en la casa de su dueño, todo lo contrario de cuando llegó. Ya a casi nadie le gustaba, pero tampoco no lo podía vender, porque ya lo había intentado, pero nadie lo quería, por su poca utilidad y porque ya no era guapo. En una época hubo uno interesado y lo iba a comprar; se le veía buena persona y, aunque ya no fuera útil y fuera viejo, lo quería para tener compañía porque, como al igual que él, ya estaban casi solos y los dos eran viejos. El anciano lo iba a comprar por lo que valiera y le salía muy barato, se lo vendían por cincuenta euros. Pero con tan mala suerte que un día antes de ir a recoger el perro y pagarlo, al salir a la calle, vio a un perro pequeñito que lo iba a atropellar un camión. Entonces él se lanzó a cogerlo, pero con tan mala suerte que, cuando lo cogió, le paso el camión por encima. Pero él se alegró porque le dio tiempo de tirar al perro y que no lo atropellaran. Se está dos días en el hospital y al cabo de ese tiempo se muere. El dueño de Gufi decide matarlo porque ve un mal gasto en quedárselo, pagarle toda la comida y, cuando llegase la temporada de caza, no poder utilizarlo. En vez de responder bien ante el esfuerzo del perro a lo largo de su vida, pues decide matarlo. El dueño de Gufi, cuando el hombre ya no vino, pensó que se habría dado cuenta de que ya no servía para nada. Pero estaba muy equivocado. Entonces el dueño de Gufi decide tirarlo por un precipicio contra una roca. Hizo como si tuviera comida delante de el precipicio, entonces el perro fue, se puso al lado del precipicio, el hombre vio la oportunidad y lo lanzó por el precipicio sin pensarlo un solo momento. Lo lanzó descaradamente y con toda la rabia del mundo, sin tener piedad del pobre animal, que le había dado más de una comida con su trabajo en la caza. Con tan buena suerte del perro que cuando cayó, aterrizó en una charca de agua. Entonces le cuesta levantarse, andar, le cuesta hacer cualquier acción. Al cabo de unos días logró “caminar” sin rumbo fijo, vagando por todos los lados. Consiguió llegar al pueblo, pero nadie lo quería por su aspecto, vejez y daños. Todos lo asustaban y le hacían irse, no podía hacer nada. Estaba desnutrido y deshecho. Un día se tiró en la hierba totalmente desnutrido. Era el fin. Pero justo entonces apareció Alonso. Alonso era un niño de ocho años no era muy alto, estaba fuerte, tenía ojos azules y pelo castaño. Eran dos hermanos y una hermana. Se llamaban Juan de quince años y María de veinte. Su hermana ya vivía fuera, su hermano es un poco rapero, también pasa de todo lo que le dicen sus padres. Sus padres no eran muy viejos. Su madre se llamaba Pilar, de cuarenta y cinco años y su padre Benjamín de cincuenta años recién cumplidos. Su madre trabajaba de secretaria en un concesionario de Seat. Su padre de profesor en el instituto. Tenían una buena casa y un buen coche. Acababan de mudarse de su ciudad, Valencia, porque a su padre le habían ofrecido trabajo en Pociello.
No había muchos habitantes, pero suficientes para un instituto. Su padre en el verano cuando ya no tiene que ir a trabajar, le gusta pasar el tiempo libre en la caza. Sin embargo a Alonso no le gusta nada eso de la matanza de animales, pero lo que menos le gustaba (le daba rabia y hasta a veces lloraba) era cuando por la televisión salía que habían matado a un perro de la manera más cruel posible. Lo único que él quería era que lo llevaran a una perrera y ya esta no buscaba nada más, pero nadie lo hacía. Alonso de mayor quería trabajar para proteger todo eso que él tanto odiaba. Ya se lo había dicho a sus padres. A su padre no lo había parecido muy buena idea porque se pondría mucha gente contra él. Pero eso a Alonso le daba igual. A su madre le parecía una excelente idea y le dijo que le apoyaría en lo que hiciera falta. Alonso decía que admiraba a la gente que los protegía, metiéndose con todos sólo para salvar a los pobres perros.
A Alonso no le gustaba demasiado el pueblo, aunque sí un poco más que Valencia. En verano estaba casi sólo, solamente tenía dos o tres amigos. Su padre se pasaba todo el día de caza y su madre en casa, limpiando, haciendo la comida, planchando, todo eso que hace una madre en casa decía Benjamín.
Gufi vagaba por los montes, sin rumbo fijo y un día se acercó por el pueblo, pero todos lo echaban. Benjamín lo vio y le intentó dar un patadón y el perro lo esquivó como pudo. Al cabo de unos días, Alonso jugando con sus amigos al fútbol, vio al perro, todos lo vieron y entonces empezaron a tirarle piedras. Alonso se puso en medio para proteger al pobre animal y sus amigos se marcharon sin decir nada. El chico se quedó con el perro, le dio comida, agua, lo lavó, lo peinó y le buscó un sitio donde pudiera estar tranquilo. Fue al veterinario de su pueblo y le pidió unas vendas. Éste, antes de dárselas, le preguntó que para qué las quería. Alonso, como sabía que si le decía la verdad no se las daría, se inventó una mentira, le dijo que quería jugar a médicos. El veterinario le dijo que sólo se las dejaba por esta vez y que cuando se le gastaran ya no le daría más, porque era un gasto inútil.
Nuestro amigo fue en busca del perro y lo encontró tumbado en su escondite. Le curó la herida con algunas cosas que había cogido de su casa y lo vendó. En unos días ya tenía la pierna curada. Alonso iba siempre a darle comida y a jugar con él y sus amigos siempre le preguntaban que dónde había ido. Él cada día se inventaba una excusa diferente.
Alonso se dio cuenta que en el collar del perro ponía Gufi, pues como estaba tan contento no se había preocupado de ponerle un nombre; desde entonces le llamó Gufi.
Al día siguiente estuvo a punto de decirles a sus padres si se podía quedar con el perro, pero pensó que le iban a decir que no. Por lo tanto todos los días siguió viéndolo a escondidas, alimentándolo y jugando con él.
A Alonso le gustaba jugar al fútbol con el perro y desgraciadamente sucedió que un día nuestro amigo, al ir a coger la pelota, cayó a un pozo que había en el lugar. Gufi empezó a ladrar, pero nadie le hizo caso. Se daba paseos por el pueblo corriendo nervioso, pero nadie le prestaba atención, en todo caso lo único que hacían era tirarle piedras o darle alguna patada. El pobre perro no dejaba de ladrar y ladrar intentando salvar a su amigo.
Los padres y todo el pueblo se empezaron a preocupar de la falta del muchacho, empezaron a buscarlo por todas partes y nadie lograba dar con él.
Fueron sus amigos los que relacionaron al perro con la desaparición de Alonso y decidieron seguirlo. El perro los condujo hasta el pozo y escucharon la voz del niño que pedía auxilio. Salvaron al muchacho y todos le cogieron un gran cariño al animal. Desde entonces Alonso tiene el perro en su casa. Es su mejor amigo.
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miércoles 10 de junio de 2009
"La historia de dos amantes y el atardecer en la bañera", de Julia Martínez (Primer Premio, Poesía, Bachillerato)
LA HISTORIA DE DOS AMANTES
Y EL ATARDECER EN LA BAÑERA
—¡Sátira! ¡Devuélveme mi indulgencia!– Sus palabras encallaron en mi mente con gracia, pero no alteraron mis pensamientos ni mis sentimientos…— ¿Cómo osas burlar de esta manera al hombre que amas?
Mi corazón se paralizó. ¿Podían ser ciertas, acaso, las palabras que brotaban de su boca y que se habían clavado como estacas en el reloj de mi alma?
Sí, acababa de deslumbrar el sentimiento extraño que desde un tiempo albergaba en mi más profundo pero sincero ser.
¿Era cierto entonces? ¡Sí! ¡Le amaba!
—¿Cómo es posible que tu corazón permita vencer a la traviesa mente de chiquilla frente a la mujer emanante de luz, que eres realmente? ¿Acaso no conoces el sentimiento que te hace sonrojar? ¿No lo reconoces? Amor…, ¡es Amor!
Aquél que arrebata el sueño de cualquier soñador.
Aquél que corta las palabras de cualquier orador.
Aquél que priva de ideas a mentes pensantes.
Aquél que te hace mirar las estrellas haciendo que todo lo bueno y todo lo malo se desvanezca por un instante, meciéndote en la brisa con ternura, al compás de la emoción. ¡Qué dicha más dulce! Y qué cruel…, cuando ese sentimiento no tiene otro igual frente al suyo.
Ah…, si pudieras entenderme…
¡Yo la amo, mi señora! Y créame, por usted volaría mil treguas, estrechando mares y hasta el propio espacio.
Y cuando me dejo llevar, por este dulce y exquisito delirio…
Ya no tiembla mi alma si de amarla se trata. El Amor es, pues, la respuesta al cosmos.
Es la única razón, el único motivo por el cual existimos. Qué injuria no conocer el Amor. Quien no lo vive padece de una eterna pesadilla ajena tanto al mundo real como irreal, que al fin y al cabo forman el mismo mundo, pues en los dos habita el Amor.
La flor de la aurora tiembla…
¡Has venido!
Me miras, te miro.
El núcleo de mi existencia,
pequeño como una pasa,
se ensancha hasta el punto de abarcarlo todo.
Ya no hay negro, ni blanco.
Ya no hay tiempo, ni espacio.
Solo el semblante de la luna clara,
que yace sobre nosotros,
mitiga nuestro amor.
La flor de la aurora tiembla.
Te acercas.
Suspiro.
Y el cosmos se funde
en la unión de tus labios con los míos.
SE ACABÓ EL AMOR
Me miras, y con mirada ansiosa
te preguntas por qué.
Me miras, y el deseo abrupto se convierte en vejez.
Envejece tu alma, tu amor, tu piel.
La incertidumbre recorre tu mente
y me reprochas.
Reprochas mi actitud y mi decisión,
sin tener en cuenta la tuya propia.
No es tu alma quien sufre, es tu ego.
Me pregunto quién de los dos me amaba,
y si aún me ama.
No, ya no lo hace.
Aparto la mirada y me hago la dura.
“Soy viento que fluye, fuera de cadenas
y destinos”.
Te giras, ahorrándote tentar mis emociones.
Y así, sin más, se acaba el amor.
Y te miro, y con mirada ansiosa me pregunto por qué.
Te miro, y como viento que fluye me alejo de cadenas y destinos…
CANCIÓN DE LLUVIA
Invocando a los truenos
para que vengan a despertarnos.
Que intimiden nuestra soledad
y hagan retumbar los cimientos
de cada uno.
Que se revuelva la vida
en el eco de cada latido
que el cielo nos grite.
Y que se agite la sangre de este bosque
lleno de venas vacías de amor,
por las que corre el miedo.
Que venga la lluvia también
y que resbale por los ventanales
y las sienes de la gente,
limpiando de impurezas y verdades falsas
los sueños que amenazan con cumplirse.
Que vengan los truenos y nos despierten
de esta pesadilla en la que continuamos
presos por miedo a ser felices.
Que se rompan las cadenas
del invierno pecaminoso de cada uno.
PEQUEÑA DECLARACIÓN DE AMOR
Hay un amor que me desquebraja toda la espina dorsal.
Hay un amor que me hace brotar poesía.
Y si me suelto el pelo,
en él se enredan
letras y sentimientos.
Hay un amor que me hace brotar, poesía.
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martes 9 de junio de 2009
"Crónica", de Alberto Sin (Segundo Premio, Relato, 3º y 4º de ESO)
CRÓNICA
Aquí me tenéis, sentado en este buen sillón rojizo de la estación de tren de Delicias, en plena ciudad de Zaragoza, esperando impacientemente que llegue mi tren, ese tren que me ha de transportar hasta Barcelona, donde cogeré mi avión. Ya me he despedido de todos mis familiares, nadie sabe cuándo se producirá mi regreso, uno, dos, tres meses…, no lo sé. Media hora llevo aquí esperando al tren y todavía no ha aparecido; bien es cierto que aún falta un cuarto de hora para que se cumpla el horario de salida, pero aquí me veis, quizá esperando a que llegue antes o quizá esperando entrar el primero.
Ya lo veo acercarse. Poco tiempo pasa hasta que nos hacen subir, poco tiempo pasa hasta llegar a Barcelona y poco tiempo pasa hasta despegar. El avión no es de muy buena calidad. Estoy sentado entre un hombre y una señora mayor; el hombre parece descuidado y diría que algo preocupado, la señora está leyendo una revista de decoración.
El viaje se me hace eterno; cuando por fin estoy en la salida del aeropuerto, me llevo una sorpresa tremenda: todo parece el peor barrio de mi ciudad, calles viejas y casas en fatal estado. No espero mucho hasta que llega Carlos Señor. Es un hombre de mediana edad, no muy alto; su rostro está cubierto por una barba, su cabello está bien arreglado, bien peinado. El hombre comienza a hablarme y con su agradable tono me explica dónde se encuentra el hotel en el que me voy a hospedar esta noche. Señor es uno de los colaboradores del embajador español en este país, país del que no voy a dar el nombre. Al sur hay un importante conflicto armado y allí voy yo. Voy a ser el único español del lugar; me hicieron un ofrecimiento interesante y llegué a un acuerdo con los más importantes medios de comunicación.
Y aquí estoy. Lo único que traigo conmigo es una gran mochila de montañero en la que llevo algunas cosas básicas y, por supuesto, mi ordenador portátil, mi grabadora y mi pequeña cámara, que, aunque no sea de gran calidad, me valdrá para tomar algunas imágenes. Mañana por la mañana, según me han dicho, me vendrán a recoger y me llevarán hasta el Campo de Periodistas, una zona cercada y altamente protegida en la que los periodistas nos instalaremos un tiempo indeterminado.
Llego al hotel, por así llamarlo, y me sorprendo terriblemente pues mi habitación es pésima. Ni tan siquiera las paredes están pintadas, ni en el suelo hay baldosas; la cama es un colchón tirado y el baño…, mejor ni nombrarlo. Lo primero que hago al despertarme es encender mi ordenador para comprobar si tengo algún mensaje; pero en el hotel no hay Internet. Luego miro el móvil, donde sí que encuentro uno: me dicen que pasarán a recogerme sobre las 11, hora del país. Miro mi reloj y son cerca de las nueve; preparo mi cámara, me la cuelgo del cuello y en mi cinturón sujeto mi grabadora. Llaman a la puerta, abro. Aparecen dos hombre que me dicen que les acompañe; lo hago y me introduzco en un largo viaje que dura más de siete horas por penosas carreteras. Cuando llego al campo vuelvo a sorprenderme. Es impresionante, un oasis en medio de la nada, en medio de un enorme desierto; todo está cuidado a la perfección. Las tiendas de campaña son enormes, con capacidad para tres periodistas, pero muy espaciosas, de un tamaño similar al de una pista de tenis y muy altas. Pero las mejores son las de los cascos azules, esas sí que son enormes; hay una en cada esquina y otra en la entrada. Según me dicen, hay un total de 56 soldados y unos 120 periodistas. Todas las tiendas están bien ordenadas, formando calles entre ellas. Además de lo que ya he nombrado, hay tres hospitales de campaña y, por supuesto, multitud de antenas de todos los tipos y tamaños; también hay depósitos de agua, muchos depósitos de agua. Al fondo de la calle central está la tienda más grande; allí es donde nos servirán comida a todos y donde prepararán la misma en un enorme restaurante de tela y plástico.
Al llegar a la puerta del recinto, me atiende un hombre hablándome en inglés. Me comunica que mi habitación es la número veinticinco. Entro en ella y saludo a mis dos compañeros, les pregunto por su lugar de procedencia; uno es argentino y el otro chileno. Agradezco a los organizadores el haberme colocado con dos personas con las que me puedo entender. Al lado de mi cama hay una mesa con varios cajones y apartados, pero no tengo casi nada que organizar. Salgo a dar una vuelta por el campamento. En ese momento, un hombre comienza a hablar en inglés por la megafonía; nos comunica que cada mañana, a las ocho, saldrán varios autobuses con destino a la frontera del conflicto, por así decirlo; luego, por la noche, nos recogerán en el mismo punto. Éste es un nuevo sistema para que los periodistas estemos mas seguros, lo cual es de agradecer. El hombre también nos pide que vayamos a la tienda central, donde se nos dará la cena. Acabo de cenar y me dirijo a mi habitación; llamo a mi familia y, antes de acostarme, estoy un par de horas en el ordenador.
Me despierto por un fuerte sonido, parecido al de una alarma. Salgo fuera. Era, simplemente, para informarnos de que restaba media hora para la salida de los autobuses. Lo preparo todo rápidamente y voy a desayunar. Antes de subir al autobús nos reparten a cada uno un bocadillo y dos botellines de agua para el día. Llegamos a la ciudad después de un viaje de unos treinta minutos. Nos indican el camino hacia la ciudad; todavía tenemos que llegar a ella. Entonces, cada uno se dispersa en busca de su reportaje del día. A la ciudad en la que me encuentro todavía no ha llegado la guerra de una manera directa, es decir, con balas y bombas, pero igualmente el paisaje es desolador: las madres en la calle buscando algo con lo que alimentar a sus hijos, ya que sus maridos están en combate; niños a los que las madres no pueden buscar nada para darles de comer porque no tienen madres, porque éstas han muerto al no recibir tratamiento a las enfermedades que padecían o niños que, simplemente, no están porque han huido a cobijarse en otra ciudad o en otro país para poder mantener unida a la familia. Estos últimos, cuando vuelvan, ya no podrán encontrar sus casas porque allí donde las dejaron ya no estarán.
Recorro un par de calles y decenas de personas me piden algo de alimento; mirando a mi alrededor no puedo ni imaginar cómo estarán las ciudades bombardeadas. Cojo mi cámara y comienzo a sacar instantáneas de todo lo que encuentro, hasta que me canso. Entonces, me como mi bocadillo. La gente se abalanza sobre mí, pidiéndome un cacho; un par de niños intenta arrebatármelo, pero consigo comérmelo, con pena por esos chavales desquiciados. Sigo sacando fotos y fotos, camino por las calles y así hasta la hora de volver a los autobuses. M cuesta bastante deshacer el camino, pero, finalmente, consigo llegar a los vehículos.
En cuanto llegamos al campamento, nos tumbamos en nuestras camas a descansar. Ha sido un día de andar y andar y el cansancio se ha apoderado de nosotros. Ésta es nuestra rutina de un día tras otro, la guerra no termina y tampoco avanza; se han empeñado en destrozar la zona sur del país y, sin duda, lo están consiguiendo. Todos estos días hemos visto pasar aviones y aviones sobre nosotros; aviones que pasan tan rápido como pueden, sabedores de que en el sur tendrán dos opciones: matar o morir. Pero hoy la cosa cambia. El ejército que bloqueaba el avance está siendo derrotado y parte de la ciudad a la que nos desplazábamos todas las mañanas está siendo bombardeada. Esta mañana todo es diferente, muchos periodistas no quieren ni salir de las tiendas del miedo que sienten ahora hacia la cercana muerte; además, los autobuses salen perfectamente escoltados por maquinaria de la ONU.
Al llegar a la ciudad todo está completamente cambiado, ya no hay nadie en las calles y me pregunto si habrá alguien en las casas. A lo largo del día no pasa un minuto en el que no se escuche un disparo lejano, un grito o un bombazo. Ahora, ya al final del día, me dirijo a los autobuses; entonces, escucho un avión que vuela cerca de mí y, poco después, una detonación muy cercana. Veo derrumbarse varias casas a mi lado y salgo corriendo. El avión vuelve con una segunda detonación; esta vez parece que ha alcanzado su objetivo. No logro distinguir qué edificio es, pero el avión se va por donde ha venido.
Me despierto con la cruel noticia: la ciudad está siendo bombardeada por completo. No sé qué hacer. Sé el peligro que corro si me subo a uno de esos autobuses, pero lo hago. En la ciudad, la poca gente que hay se acerca a mí y me pide que me quede con su familia; en estos países mi vida, la de un periodista europeo, vale más que la de los paisanos. Me aseguran que no me faltará de nada, que, si es necesario, dejarán de comer para que a mí no me falte alimento. Por supuesto, en un ataque aéreo no se distingue, moriría como el resto; pero en caso de ser ataque por tierra, al ver mi chaleco con las siglas TV, mi equipamiento o el resto de mi vestimenta, me perdonarían la vida a mí y a los que estuvieran conmigo. Soy testigo del peor espectáculo: un soldado se acerca a un hombre inocente; éste pide que no le haga nada, pero unos segundos después el inocente yace en medio de la calle. Muchas casas están derruidas y entre ellas cuerpos sin vida y cuerpos a los que les queda poca vida. No me atrevo a acercarme a la zona donde se concentran los bombardeos, ya tengo suficiente con ver lo que veo.
Me dirijo ya al campamento en autobús. Los periodistas no paran de comentar las vivencias nefastas de las que han sido testigos, cada uno en su idioma. Entiendo pocos, pero supongo que el resto hablará de lo mismo. Al llegar, nos comunican la noticia: según parece, ambas partes han llegado a un acuerdo; mañana será el último día de esta guerra. Acogemos alegremente la noticia ya que la estancia en este país se nos estaba haciendo ya muy larga.
Me despierto con gran entusiasmo; va a ser mi último día en este trabajo, que nunca más quiero ejercer. Como es lógico, hoy ningún periodista ha quedado sin subir al autobús, exceptuando a los enfermos o heridos. En la ciudad no se ve a nadie ni se escucha a nadie; el paisaje es desolador, todo está derruido. Voy introduciéndome por calles y más calles; algunas familias ya están trabajando en la reconstrucción de sus casas. Sigo caminando y me sorprendo al ver que un centro médico permanece en pie y casi intacto; está abierto. Me adentro en él y veo a personas formando una interminable fila. La fila lleva a una de las salas donde hay un par de médicos de la cruz roja, que supongo se habrán instalado hoy para curar a los enfermos, principalmente, los heridos de bala que abundan tras esta guerra. Parece paradójico que las sillas estén desocupadas; aunque la fila pase por delante de las mismas, la gente no se sienta por miedo a perder la oportunidad de ser curados. Yo sí que me siento, ante la sorpresa de la gentes que allí estaban. De pronto, comienzo a oír un murmullo y veo a la gente mirar hacia la puerta; me pongo en pie y hago lo propio. Veo a un soldado que comienza a hacer fuego contra todos, me tiro detrás de las sillas y soy testigo de la muerte de varias personas; pocos son los que se salvan. Un soldado se acerca a mí, prepara su arma. Creo que ha llegado mi hora; me despido de todo mientras el hombre acciona el arma, señalo mi chaleco, pero, sin importarle, él dispara. Noto un fuerte dolor en mi hombro izquierdo mientras veo al hombre irse corriendo. No sé si he tenido suerte por salvar la vida, pero, desde luego, no podré soportar este dolor mucho más y la perdida de sangre es abundante. Entonces, se siente un fortísimo ruido y todo se viene abajo. Intento salir corriendo, pero no tengo fuerzas ni para levantarme; soy bombardeado por pequeñas piedras y rodeado por enormes bloques del techo. Fuera del local se oyen muchos disparos; sigo doliéndome en el suelo y, entonces, un soldado entra. Es de la ONU, se acerca a mí y me pregunta por mi estado de salud; intento mover mis labios para responderle, pero ya no tengo fuerzas ni para eso.
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