martes, 22 de enero de 2013

The Halloween Mask

A Jack o' Lantern made for the Holywell Manor Halloween celebrations in 2003. Photograph by Toby Ord on 31 Oct 2003. {{cc-by-sa-2.5}}


Cuatro días antes de Halloween.
–Peteeerrr –gritó un amigo suyo mientras le pasaba el balón con precisión.
–Es mía, es mía –gritó Peter.
Controló la pelota con sus pies y avanzó veinte metros hacia delante, yéndose de todos los jugadores que se le resistían; entró dentro del área y chutó con todas sus fuerzas marcando un gol por la escuadra y permitiendo a su equipo ganar el partido otra vez.
Al cabo de tres minutos, sonó el pitido del final del partido y todos los jugadores del equipo de Peter, contentos y animados por la victoria tan espectacular que habían logrado, entraron en el vestuario.
Al salir, Peter y sus amigos comentaron que ya solo faltaba una semana para Halloween y que cada uno se tenía que poner una máscara espeluznante para asustar a todo el mundo, pero Peter se acordó de que, con todo el tema de los exámenes, los deberes, el entrenamiento y el partido de fútbol, no la había comprado, así que, nada más llegar al coche de sus padres, les comentó que tenía que comprarse la máscara ya que, si esperaba mucho tiempo, al final no quedarían.
Cuando llegó a su casa, miró a ver si tenía suficiente dinero en su monedero, pero como no sabía cuánto le iba a costar, lo cogió todo. Al final se dio cuenta además de que ya era muy tarde para ir a comprar una máscara y que estarían todas las tiendas cerradas, así que decidió esperar hasta el siguiente día.

Tres días antes de Halloween.
Nada más levantarse, se tomó el buen desayuno que le había preparado su madre, se vistió, hizo la cama, se aseó e hizo unos pocos deberes. Cuando terminó, cogió su bici y fue a buscar alguna tienda donde comprar alguna máscara chula y terrorífica.
Por más que buscaba, sin embargo, no encontraba nada que le gustase: o no tenían máscaras o estaban agotadas o, en los pocos casos en que tenían, resultaban muy poco asustadizas e irreales. Buscando, buscando, al fin encontró una tienda rarísima que nunca había visto; le pareció ver que estaba llena de máscaras de Halloween, así que se bajó de la bici y fue a investigar la tienda. Mirando a través del cristal, vio algunas máscaras que estaban bien, pero no había nadie al lado de la caja. Abrió la puerta lentamente cuando, de repente, sobre él sonaron unas campanillas y los perros y los gatos de todo el vecindario empezaron a ladrar y a maullar. Peter se giró y todos los animales callaron de golpe y, cuando volvió la mirada al frente, se encontró con un abuelo muy feo que tenía solo tres pelos en la cabeza y una desagradable verruga en la nariz. Todo eso hizo que al final esa tienda le diera muy mal rollo, pero Peter tenía que quedarse; se tenía que comprar la máscara en algún sitio, así que le dijo:
–Buenos días, señor, ¿no tendrá por casualidad alguna máscara terrorífica? –preguntó Peter temblando del miedo–, pero que no sea muy cara –añadió rápidamente.
Hubo un minuto de silencio el abuelo carraspeo y le respondió:
 –Tienes máscaras en todo tu alrededor y te puedo asegurar que son baratas (aproximadamente a diez euros cada una, euro arriba, euro abajo), pero todas estas son malas; en mi almacén tengo una mucho más espeluznante –de repente, las ramas de un árbol arañaron el cristal de la tienda al tiempo que caía un trueno, que se oyó en todo el pueblo–; ahora bajo y te la subo. Mientras, si quieres, puedes ir mirando alguna máscara por aquí.
–Gracias, señor.
Peter mirando y mirando se fijó  en que nunca, nunca terminaría de ver todas las máscaras de la tienda; todas eran espantosas, pero seguro que la que le iba a enseñar el abuelo aún era más espeluznante. De repente, cuando menos se lo esperaba el abuelo pegó un portazo contra la pared dándole un susto a Peter que casi se desmaya.
Volvió a carraspear y dijo:
–Toma, chico, aquí tienes; está llena de polvo, espera que te la limpie.
Se acercaron los dos a la mesa y el viejo la limpió con toda delicadeza. Peter, al verla, se quedó asombrado porque le parecía que era una cara sacada de algún zombi o demonio. La máscara tenía de todo: cuernos, verrugas, arrugas, colmillos, sangre, pelos en las orejas… y hasta en la boca daba la sensación de que tenía cucarachas.
–¿Cuánto cuesta? –preguntó Peter.
–Poco para una máscara tan buena, solamente veintitrés euros; pero ten cuidado con ella, hay leyendas que dicen que a los anteriores dueños les sucedieron cosas terroríficas y que nunca más han podido vivir a gusto. Nadie ha durado más de dos semana con ella, todos me la devuelven antes y cada vez hay más rumores y se piensa que la leyenda es real. ¿Estás seguro de que quieres comprarla?
–Mmm…, sí, por supuesto, no voy a dejar escapar una oportunidad tan buena; bufff, ya ves, solo son leyendas, solo leyendas.
Así que la compró.
Mientras Peter salía de la tienda mirando la máscara, fue a darle las gracias por todo a aquel abuelo, pero, cuando se dio la vuelta, se fijó que ya no estaba, que de repente había desaparecido. Aquella tienda le daba mal rollo así que se fue a paso ligero de allí.
Cuando llegó a su casa, le enseñó la careta a su madre:
–¿Dónde has comprado esa máscara hijo?
–No lo sé, era una tienda que no había visto nunca; estaba casi en las afueras del pueblo, casi, casi al lado de la tita María.
–Pues qué raro, mira que hemos ido veces por allí y a mí no me suena haber visto ninguna tienda, solo la carnicería y la panadería, pero eso debe de ser porque la han puesto alguna de estas semanas.
Después de eso Peter se fue a su habitación todo contento por la máscara que se había comprado. Se dio cuenta de que ya era la hora de comer así que bajó corriendo las escaleras y nada más llegar abajo le preguntó a su madre qué había para comer.
Cuando Peter terminó de comer, jugó un rato al ordenador y se fue a su habitación a probarse la máscara. La cogió y se la fue poniendo lentamente pero no notó nada raro.
–Aquel viejo sí que estaba chalado –dijo Peter.
Se miró en el espejo y se dio cuenta de que le quedaba muy bien cuando, de repente, sonó el timbre, fue a su habitación, dejó la máscara sobre la cama y miró quién era por la ventana. ¡Eran sus amigos!
–¿Sales, Peter? –dijeron todos en coro.
–Sí, por supuesto, ahora bajo.
Así que Peter se fue con sus amigos a dar una vuelta.

Dos días antes de Halloween
Ya solo faltaban dos días para que llegase Halloween. Aquel día Peter se quedó durmiendo hasta las tantas, estaba agotado; cuando se levantó, hizo la cama, se aseó y se vistió.
–Hola –le dijo Peter a su madre cuando bajó las escaleras.
–Hola, dormilón, ¿qué tal has dormido?
–Muy bien, pero sigo cansado.
Pero cuando fue a coger su bol de leche, su madre saltó de repente y le dijo:
–¿A dónde vas, Peter? Ahora no se desayuna, que es muy tarde; no ves que si desayunas a estas horas a la hora de comer no tendrás hambre; si quieres, cómete una pieza de fruta.
–¡Jopetaaasss! Vaaale, mamaaá.
Así que se cogió una manzana y se la comió y como no le apetecía salir, encendió la tele, cogió el móvil y se puso el ordenador sobre sus rodillas, sentado en el sofá. Cuando su madre lo vio con todos los aparatos, giró la cabeza de un lado a otro haciendo un gesto de desaprobación.
Por la tarde volvió a salir con sus amigos, pero no tuvieron mucha suerte. Al cabo de las dos horas de estar en la calle, se puso a llover y a llover así que cada uno se fue para su casa corriendo. Como habían quedado Peter y sus amigos, se conectarían todos al grupo que tienen en el WhatsApp.

Un día antes de Halloween
Esta vez Peter se tuvo que levantar pronto porque tenía que recuperar lo que no había estudiado ayer y además quería desayunar sus cereales favoritos y ver una serie que seguía a diario (o le pedía a su madre que se la grabara).
Hoy Peter fue a entrenar al fútbol con sus amigos; ya de paso, aprovechó para ir a comprar unas cosas que le hacían falta. Por la noche cenó un buen plato de macarrones y un trozo de carne bien gordo y con patatas fritas; se quedó un rato viendo la tele más o menos hasta las doce y media.

El día de Halloween
Nada más levantarse pensó en qué día estaba y giró la cabeza lentamente mirando su asombrosa máscara, impaciente porque fueran las diez de la noche para salir con sus amigos a hacer “truco o trato” y empacharse de caramelos hasta las branquias. Tan emocionado estaba esta vez que se vistió más rápido que nunca, se aseó más rápido… Una vez abajo, Peter le preguntó a su padre:
–¿Papá, has comprado los caramelos y chuches que te dije?
–Sí, por supuesto, pero unas de las chuches que me pediste estaban agotadas y no pude comprarlas.
–Ah, bueno, no pasa nada.
–¿Y ya sabes qué te vas a poner esta noche de disfraz, hijo?
–Sí, por supuestísimo, tengo una careta muy chula en mi habitación.
El padre de Peter, Tom, interesado por cómo era la máscara, le preguntó a su hijo:
–¿Me podrías bajar esa máscara tan increíble de tu habitación?, tengo mucha curiosidad por saber cómo es.
–Claro, ahora te la bajo.
Peter subió las escaleras corriendo de dos en dos, abrió la puerta de su habitación, cogió la máscara  y bajó las escaleras de cinco saltos.
–Toma, papá, ¿a que da miedo?
–Sí, mucho –dijo su padre con una voz temblorosa, pero no por el miedo que producía la máscara, si no por…–, ¿hijo, dónde has comprado esta máscara?
–En una tienda que había casi al lado de la tita María. No la había visto en mi vida.
–¿Quién te la vendió? –le dijo su padre en voz alta.
–No sé, era un hombre bastante mayor. ¿Qué pasa, papá?, ¿por qué estás tan histérico?
–¿No te lo ha contado ese abuelo? Dicen que a la gente que te rodea le suceden cosas inimaginables cuando te pones esta máscara. Dime, ¿no te lo contó?
–Sí, sí que me lo contó, pero solo son leyendas, ¿no?
–¿Quééé? –dijo Tom impresionado y a la vez enfadado–. ¿Cómo se te ocurre comprarle esta máscara?, ¡y aun habiéndote advertido!
–No sé, papá, creí que era una leyenda como otra cualquiera.
–Pues no es así; conozco a mucha gente que dice que se ha quedado trastornada por la maldita culpa de esa máscara –dijo con un acento muy serio–. Ya te puedes ir buscando otro disfraz porque no te voy a dejar que te pongas esta máscara.
–¡Pero, papá…!
–Nada de pero; no quiero que te quedes como esas personas, ni tú ni nadie.
Peter se fue enfadado a su habitación. Mientras, Tom cogió la máscara de una punta, la quemó con un mechero y tiró a la basura las cenizas que quedaban de ella.
Al tiempo que Tom se daba una ducha para relajarse un poco, Peter se enfurruñaba en su habitación y le contaba a sus amigos por el móvil que su padre le había quitado la máscara.
A la hora de comer, Peter bajó de su habitación con cara de enfadado, se sentó a la mesa, y ambos, padre e hijo, se miraron de reojo. No se oía ni una mosca en la mesa, excepto a la madre que a veces preguntaba qué les pasaba, y la televisión, que se oía de fondo.
Peter nada más acabar de comer se fue a su habitación; no hizo como otros días, que se quedaba sentado en el sofá viendo la televisión y conversando con sus padres, y Tom se fue a la terraza a tomar un poco el aire porque sabía que, si se quedaba en el comedor con su mujer, ella le preguntaría qué estaba ocurriendo y a él no le apetecía explicarle todo lo que había sucedido, además pensaba que lo mejor era que nadie lo supiera. Por su parte, Peter, como cada tarde, salió con sus amigos a dar un paseo y jugar, y ya de paso, aprovechó y les preguntó qué se pondrían ellos de disfraz si no tuvieran una máscara. Le parecieron muy buenas ideas y muy creativas, pero no podía dejar de pensar en que a su máscara no la podía igualar ninguna otra ni ningún disfraz. Pero sabía que su padre no se la iba a dar y aún menos por cómo se había puesto.
Peter y sus amigos quedaron en que se irían diciendo que quién hubiera acabado de comer primero empezaría a picar. Cuando Peter acabó de cenar, subió un momento a su habitación para ver qué disfraz se ponía, pero cuando abrió la puerta, se encontró la máscara encima de su cama, creyó que su padre se lo había pensado y que le había dejado la máscara. Muy ilusionado, la cogió y se la puso; tal como él decía, no notó nada raro, así que, cuando le picaron sus amigos, que ya estaban casi todos, bajó corriendo las escaleras y le dio las gracias a su padre mientras cerraba la puerta.
–¿A qué casa vamos primero a picar? –preguntó un amigo de Peter.
–Pues a la de… Josefina. Venga, vamos –dijo otro amigo de Peter.
Cuando ya llevaban unas cuantas casas recogiendo caramelos, Peter empezó a notar cosas raras en la cabeza y al cabo de unas diez casas no se podía controlar. No sabía qué le estaba sucediendo, cuando de repente en una casa todos los niños picaron. Peter, sin saber qué hacía ni cómo lo hacía, pegó un gran salto por encima de todos sus compañeros y le clavó los dientes afilados (y al parecer reales) de su máscara a la señora que les estaba dando caramelos. Los niños salieron corriendo asustados y gritando con todas sus fuerzas mientras Peter entraba casa por casa desgarrándoles el cuello y las tripas, y mordiéndoles a algunos las piernas o los brazos, sacándoselos de cuajo.
La policía tardó un rato en llegar ya que, aunque recibían muchas llamadas de muchos vecinos, no les creían. A Peter le estaban creciendo unas uñas largas, finas y afiladas y todo su cuerpo se estaba poniendo de color verde oscuro; seguía como loco matando a la gente.
Los policías se prepararon para dispararle y detenerlo, pero la madre de Peter se interpuso entre ellos impidiéndoles que hiriesen a su hijo.
–No le matéis, por favor, no es más que un niño –gritó la madre con todas sus fuerzas y llorando.
–Lo tenemos que detener, está matando a cientos de personas; si no lo reducimos, acabará con todo el pueblo –respondió el jefe policía.
–Pero…, ¿pero no lo entendéis? Debe de haber otra forma de evitar que mate a más gente.
 –No sabe otra forma, así que, por favor, apártese del medio o dispararemos.
–¡Nooo!
Los policías dispararon sin remedio y no pudieron evitar acabar matando a la madre de Peter. Tom no se lo podía creer; fue corriendo al lado de su mujer con los ojos empapados en lágrimas. Los disparos llamaron también la atención de Peter, que se dirigió hacia ellos a toda velocidad. Cuando fue a abalanzarse sobre un policía, vio a su madre tumbada en el suelo en un charco de sangre; se detuvo y se acercó lentamente a ella. Su muerte le estaba haciendo volver en sí. Peter estalló de rabia expulsando al diablo que llevaba dentro. Se cayó redondo al suelo por todo el esfuerzo que había hecho y fue cerrando los ojos poco a poco mientras veía a su padre que se le acercaba gritándole y oyendo de fondo todas las ambulancias que venían y los lloros de vecinos.

Samuel Hayas Vilella (2º de ESO A)

jueves, 15 de marzo de 2012

Convocado el XV Concurso Literario del IES "Baltasar Gracián"

Aquí tenéis el cartel con las bases del concurso de este año, cuya participación permite, para los premiados en las modalidades de poesía, participar a su vez en el Concurso convocado por el programa "Poesía para llevar".

martes, 29 de noviembre de 2011

"Poesía para llevar" curso 2011-2012

"Receta" preparada por los compañeros del IES "Cabañas" de la Almunia de Doña Godina (Zaragoza)

Como os decíamos hace unos días, este año volvemos a participar en el programa Poesía para llevar (coordinado en nuestro Centro por nuestra Biblioteca Escolar) del que ya disfrutamos el curso anterior.
Debemos pediros disculpas porque, por un problema de carácter informático, nos hemos retrasado en el anuncio de esta actividad, que, como habréis comprobado, ya hemos iniciado (tal como os informábamos, comenzó con un número especial dedicado al Día de Difuntos).
En este curso contamos con nuevos compañeros (como sabéis el programa se lleva a cabo conjuntamente con numerosos institutos de educación secundaria de nuestra comunidad autónoma). Concretamente, para el 2011-2012, los participantes somos:
  • IES Bajo Cinca, Fraga
  • IES La Azucarera, Zaragoza
  • IES José Mor de Fuentes, Monzón
  • IES El Portillo, Zaragoza
  • IES Sierra de San Quílez, Binéfar
  • IES Hermanos Argensola, Barbastro
  • IES La Llitera, Tamarite de Litera
  • IES Bajo Aragón, Alcañiz
  • IES Baltasar Gracián, Graus
  • IES Leonardo de Chabacier, Calatayud
  • IES Ramón J. Sender, Fraga
  • IES Tubalcaín, Tarazona
  • IES Jerónimo Zurita, Zaragoza
  • IES Biello Aragón, Sabiñánigo
  • IES Miralbueno, Zaragoza
  • IES Cabañas, La Almunia de Doña Godina
  • IES Pilar Lorengar, Zaragoza
  • IES Ramón Pignatelli, Zaragoza
  • IES Tiempos Modernos, Zaragoza
  • IES Lucas Mallada, Huesc
Por el momento, como ya habréis visto, se han distribuido, además del poemario especial del Día de Difuntos, los poemas semanales números 2, 3 y 4 (dedicados respectivamente a Gustavo Adolfo Bécquer, Claudio Rodríguez y Mario Benedetti) y el número 1 de los poetas del mes (dedicado a Roger Wolfe). Ya veis, por tanto, que seguimos con la misma dinámica que el curso anterior y que, además de algunos números especiales, todos los miércoles contaremos con un poema semanal, al que añadiremos un poemario más extenso cada mes. Todos los textos que se distribuyan aparecerán (ya están los señalados) en el blog del Programa, que este curso se actualizará semana a semana: http://www.poesiaparallevar-ljp.blogspot.com/
Como novedades, comentaros que en este curso, además de dejar ejemplares en el expositor creado al efecto en nuestra Biblioteca (a disposición de quien quiera hacerse la colección), colgaremos siempre un ejemplar en el tablón de anuncios de cada aula, de manera que quien lo desee pueda trabajar con el poema semanal o mensual en su clase. Igualmente, como ya habréis observado, la reseña sobre el autor o autora, que aparece en la vuelta de cada uno de los poemas semanales, será realizada por un alumno del centro que lo haya preparado (al respecto, os avisamos de que a nosotros nos toca preparar el poema del 25 de enero, así que id pensando en la posibilidad de elaborar una nota informativa del autor o autora del texto que seleccionemos).
Os sugerimos, por otra parte, que visitéis el siguiente enlace, en el que nuestros compañeros del IES Bajo Cinca dan cuenta de cómo han trabajado, en su 2º curso del Ciclo Formativo Superior de Administración y Finanzas, con el número mensual dedicado a Roger Wolfe: http://bibliotecaiesbajocinca.blogspot.com/2011/11/informatica-y-poesia-para-llevar-en.html.
Ya veis que hay lugar para la poesía en cualquier espacio y momento y, como no tenemos ninguna norma al respecto, serán bienvenidas todas las iniciativas que surjan para trabajar y disfrutar con los poemas que iremos distribuyendo en este curso. En cualquier caso, como mínimo, os recomendamos que sigáis los consejos que nuestros compañeros del IES Cabañas han recogido en la magnífica "receta" que encabeza estas líneas.
Os dejamos al pie, para finalizar, con el vídeo que una de nuestras compañeras del programa, Mónica, prepararó a modo de presentación de la selección de poemas dedicados al Día de Difuntos, que, por cierto, fue realizada entre todos los centros participantes.
Esperamos, en fin, que disfrutéis de nuevo en este curso con la poesía.

El XIII Trabajo de Hércules. "El Ave Fénix", por Rubén Puértolas

Siguiendo con las entradas en las que publicamos ejercicios de redacción o escritura creativa, llevados a cabo en las aulas de Lengua Castellana y Literatura o Taller de Lengua, hoy os ofrecemos el texto de Rubén Puértolas (de 1º A de ESO), en el que nos cuenta el que considera el trabajo decimotercero de Hércules, ampliando así, de manera original, la lista de sus doce míticos trabajos.
No dejéis de calificarlo y, si lo deseáis, aportad vuestros comentarios.
Os recordamos también que, si queréis publicar vuestros escritos en este blog, además de contar con la aprobación de vuestra profesora o profesor (que os lo habrá comunicado en clase), necesitamos que nos proporcionéis el texto en formato digital.

-Tu decimotercer trabajo consistirá en derrotar al ave Fénix‒ le dijo Euristeo a Hércules.
El ave Fénix era un ave del tamaño de un águila, de plumaje rojo anaranjado y amarillo chillón. Tenía unas afiladas garras, al igual que el pico. Estaba cubierto de fuego, y se consumía cada 500 años, para luego, renacer de sus cenizas.
Un poco más tarde de que Euristeo le dijese su próximo trabajo, Hércules partió hacia Egipto, que era allí donde residía el ave Fénix. Cuando llegó, se oculto tras unos arbustos y esperó casi cuatro horas, hasta que al final, una gran bola de fuego, que más tarde identificó como el ave Fénix, sobrevoló su cabeza.
Hércules probó a lanzarle varias flechas, pero no le hicieron nada porque, antes de tocarle, ardieron rápidamente gracias al fuego del Fénix, y se convirtieron en ceniza. Lo único que consiguió fue llamar su atención. El ave se dirigió a Hércules, dispuesto a matarlo con su pico y sus garras, para después quemarlo con sus llamas. Cuando el ave fue a coger impulso, Hércules pensó la manera de evitar el ataque, y derrotar al ave. La primera embestida la consiguió esquivar, pero a la segunda, Hércules se hundió en un pequeño estanque y, cuando el ave fue a por él, se topó con el agua, y el fuego se apagó, convirtiéndolo en ceniza.
Como iba a renacer dentro de poco, Hércules enterró las cenizas en el fondo del pequeño estanque, para que no pudiesen volver a encenderse, y así, que no renaciese.
Cuando Hércules regresó a Micenas, el Rey Euristeo se desmayó, tan sorprendido que estaba, de que Hércules hubiese realizado todos sus trabajos.

Rubén Puértolas
Curso 2011-2012
1ºA ESO

miércoles, 2 de noviembre de 2011

"El Quijote" Interactivo


Acabamos de recoger en la lista de enlaces a "recursos" El Quijote Interactivo, una magnífica edición con multitud de recursos, con la que se puede disfrutar de la lectura "en línea" del gran clásico de nuestra Literatura.
Podéis verlo en: http://quijote.bne.es/libro.html

domingo, 9 de octubre de 2011

Relato breve de Alma Vega Subirá

Como decíamos en la anterior entrada, empezaremos esta nueva andadura por recuperar algunos textos creados el curso pasado, que estaban aún pendientes de publicación.
Así, a continuación, os ofrecemos el enigmático y magnífico relato breve que Alma Subirá creó el curso pasado como ejercicio de Lengua Castellana y Literatura.
No dejéis de calificarlo y, si lo deseáis, aportad vuestros comentarios.


Hacía mucho tiempo que no iba a visitar a Alice, pero su ausencia empezaba a preocuparme. Por ese motivo decidí ir a su casa para comprobar si todo estaba en orden.
Alice era un alma sin rumbo, no tenía nada que le atara a este mundo. A pesar de su corta vida, era huérfana y vivía sola en la casa que heredó de su familia. Cada vez que pasaba por delante de su parcela parecía transportarme a otra época. Ante mí, se alzaba un caserón antiguo y bastante grande, cuya fachada estaba bastante despintada, por su larga vida, supuse, bajo el temporal y el aire de la ciudad. Siempre me impresionaron los enormes ventanales que daban vida a la estructura y adquirían el reflejo del Sol todas las mañanas.
La casa de Alice tenía un jardín enorme en su parte delantera, por el cual se accedía mediante una verja metálica bastante vieja y oxidada. Los cipreses eran tan altos que daba la sensación de que quisieran impresionar al cielo de alguna manera. A pesar de la belleza de esos elegantes e imponentes árboles, el jardín presentaba un aspecto totalmente descuidado. La hiedra se había apoderado de la vieja y descolorida fachada, así como las zarzas y las malas hierbas lo habían hecho del césped.
Después de atravesar aquella especie de selva y llegar a la puerta, tomé con mis manos el viejo picaporte con forma de herradura, y cuando estaba a punto de hacerlo sonar, me di cuenta de que la puerta estaba abierta.
A pesar de los grandes ventanales, el Sol invernal no lucía con suficiente fuerza como para iluminar el interior del recibidor de la casa de Alice.
Siempre había entrado acompañada por mi amiga, así que se apoderó de mí una sensación intensamente estremecedora.
Todo estaba completamente en silencio y oscuro. Hacía un frío glaciar. La escalera de caracol que tenía en frente parecía burlarse de mí junto a esa alfombra roja, antigua y polvorienta, con aspecto de haber besado mil pisadas antes de olvidar, sencillamente, el ruido de unos zapatos sobre ella.
Me detuve a observar mi alrededor tan sólo un segundo, pero se me hizo realmente eterno. Subí las escaleras hasta el primer piso y entré en la habitación de Alice.
Lo primero que vi al abrir la puerta fue el viejo tocador de madera, que vivía en la penumbra del rincón más oscuro de la habitación. Las cortinas, enormes y aterciopeladas; tupidas y pesadas, parecían de película e impedían con empeño la entrada de ningún tipo de luz exterior.
Cuando giré la vista hacia la derecha, la vi. Ahí estaba Alice, sentada sobre su esponjosa y majestuosa cama, con la mirada perdida y la tez realmente pálida.
Ni siquiera se inmutó cuando le llamé por su nombre, así que me acerqué y le tomé una mano. Estaba realmente fría, aunque conservaba el mismo tacto porcelana de siempre.
Alice era una chica muy alta y delgada, que lucía con orgullo una maravillosa melena rubia y ondulada que había heredado de su madre. Sus ojos eran tan negros que parecían el reflejo de su alma y sus recuerdos, y su nariz era tan pequeña y perfecta que daba a su cara una suavidad especial, acorde con toda su persona y su forma de ser.
Y ahí estaba yo, tomando su fría, pálida y temblorosa mano entre las mías, observando su penetrante mirada perdida hacia la esquina del tocador e intentando fijar su atención en mí, cuando de repente me miró fijamente y acto seguido dejó caer sus pesados párpados y su cuerpo sobre la cama, desplomándose así todas y cada una de las partes de su cuerpo.
En ese mismo instante, sentí una fuerte presión en mi pecho y me di cuenta de que algo horrible estaba sucediendo.

Alma Vega Subirá
Curso 2010-2011
3ºB ESO

Retomando la actividad con el inicio del curso (2011-2012)

El curso pasado, por razones que no vienen al caso, el trabajo fue tan intenso y febril, que apenas pudimos mantener al día esta bitácora.
Por ello, nos proponemos ahora retomar con energía la actividad, empezando por recuperar en las siguientes entradas algunas publicaciones pendientes, como los textos premiados en nuestro Concurso Literario y algunos textos desarrollados en el aula y que, por su innegable calidad, prometimos publicar y difundir aquí.
Igualmente, en el presente curso, intentaremos seguir publicando aquí las creaciones literarias de nuestros alumnos (tanto de Lengua Castellana y Literatura como de Taller de Lengua), eso sí, tal como os comunicamos en el aula, con la condición de que nos hagáis llegar esos mismos textos en un archivo de word.
También os informamos de que en este curso, voveremos a participar en el programa "Poesía para llevar", de manera que al final de este mes de octubre tendréis ya en la Biblioteca el primero de los poemas semanales para que lo leáis y comentéis en el aula o en vuestra casa.


Para finalizar, os comentamos que justo al acabar el curso pasado, se editó en formato digital el nº 2 de la revista Poesía para llevar, que da cuenta de las actividades que se llevaron a cabo en todos los centros participantes en el curso 2010-2011.
Podéis descargarlo del siguiente enlace:

martes, 22 de marzo de 2011

Convocado el XIV Concurso Literario del IES "Baltasar Gracián"


Aquí tenéis el cartel con las bases del concurso de este año, cuya participación permite, para los premiados en las modalidades de poesía, participar a su vez en el Concurso convocado por el programa "Poesía para llevar".

jueves, 27 de enero de 2011

"Poesía para llevar" en el IES "Baltasar Gracián" de Graus



Como ya sabéis, pues el proyecto está en funcionamiento desde el primer trimestre, este año nos hemos sumado en el instituto al proyecto Poesía para llevar, que se concreta en una colección de hojitas volanderas, el "Poema semanal" —que recibimos cada semana en el Centro y que se encuentran a vuestra disposición en un expositor en nuestra Biblioteca—, a la que se suman los poemas mensuales, en formato de pequeño folleto de 8 páginas, y algunas ediciones especiales con ocasión de los finales de trimestre y algunas fechas señaladas.
El objetivo del proyecto, llevado a cabo por los IES Bajo Cinca, de Fraga, IES La Azucarera, de Zaragoza, IES José Mor de Fuentes, de Monzón, IES El Portillo, de Zaragoza, IES Sierra de San Quílez, de Binéfar, IES Hermanos Argensola, de Barbastro, IES La Llitera, de Tamarite, IES Bajo Aragón, de Alcañiz, IES Leonardo de Chabacier, de Calatayud, IES Pablo Serrano, de Andorra, IES Santa Emerenciana, de Teruel, IES Félix de Azara, de Zaragoza, IES Matarraña, de Valderrobres, IES Pedro de Luna, de Zaragoza, y nuestro instituto, es, simplemente, difundir entre toda la comunidad escolar la poesía, sin pretender otra cosa que su disfrute y sin que el posible trabajo que queráis desarrollar en el aula con los textos publicados tenga que hacerse forzosamente dentro de la asignatura de lengua Castellana y Literatura (es, de hecho, un proyecto de la Biblioteca Escolar).
Así pues, os invitamos, a los que no os acercáis con frecuencia por la Biblioteca, a que lo hagáis para haceros con la colección. Recordad que, como ya se anunció en su momento, al final del curso se ofreceran unas carpetas especiales para recoger en ellas el conjunto de los poemas recibidos este año.
Y ya que estamos, os recordamos que mañana se celebra el Día de la Paz y os informamos que, con este motivo, tendremos en la Biblioteca un número especial con poemas de Gloria Fuertes, que han elaborado los compañeros de Alcañiz y que han ofrecido generosamente al resto del grupo de participantes en el proyecto. Recitaremos algunos de ellos en los actos previstos para mañana en el Centro, pero os dejamos ya con uno, que resume perfectamente el espíritu de esta fecha tan señalada.

ARENGA

¡A las almas!
¡¡ Alto!!
He dicho a las almas
no a las armas.
Al enemigo hay que curarlo,
no eliminarlo.
Asesino asesinado no vale,
—sigue siendo enemigo—.

No sus cuerpos muertos,
nos interesan sus almas vivas.

¡A las almas!
No hay que vencerlos
ni convencerles,
hay que hacer amigos.
Y recordad que nosotros también para ellos
somos enemigos.

GLORIA FUERTES

miércoles, 2 de junio de 2010

"Salvando a Mildragos", por David Aguilar Cava (2º premio 2010, relato, 3º y 4º de ESO)

Nunca en mis sesenta y tres años había visto tanta gente en la plaza del pueblo. Me hice paso a través de la muchedumbre y allí vi a un joven subido en una silla. A unos metros de mí pude diferenciar a Martín, uno de mis grandes amigos. Fui hasta él y le pregunté qué pasaba. Él me respondió que aquel chico, que decía llamarse Renard, estaba advirtiéndonos que un ejercito francés quería conquistar todo el valle en el que estaba nuestro pueblo, Mildragos, y otros cuatro más. Seguramente querían controlar la zona debido a que éramos el paso más cómodo para el comercio entre Este y Oeste. Yo sospechaba que el muchacho era uno de ellos. Su nombre y su acento francés lo traicionaban y, además, ¿cómo iba a saber los planes que tenía el enemigo? Pero cómo saber si delataba a los suyos o era una estrategia para despistarnos. Entonces llegó Marco Sanz, que era la máxima autoridad militar del pueblo. Se paró a hablar con el joven predicador mientras uno de sus "ayudantes" pedía que todos permaneciésemos en la plaza. De repente, Marco y Renard se separaron de la gente para hablar en privado. No podíamos abandonar la plaza, teníamos que esperar, así que Martín intento sacar un tema para conversar, y me dijo:

—Gonzalo, ¿tú crees que nos harán luchar contra los franceses?

Yo como un ingenuo le contesté que con sesenta y tres y sesenta y dos años que teníamos no iban a obligarnos a luchar. Más que una ayuda, seríamos un estorbo. Poco después, volvía solo Marco, Renard ya no estaba. A continuación se subió a la silla y nos comunicó que un ejército francés quería conquistar el valle. Ya tenían el primer pueblo, Nuevavilla, el último y más pequeño de los lugares, situado en la desembocadura del río . El siguiente era La Puebla del Mar, el más grande de los cinco. Marco calculaba que les costaría unos cinco o seis días hacerse con ella si el ejercito francés era tan grande como le había dicho Renard. La empezarían a atacar en cuatro días, con lo que teníamos algo más de una semana para prepararnos. La sorpresa llegó cuando dijo que todos los varones de más de dieciséis años debían presentarse mañana al salir el sol en esta misma plaza. Nuestra gran decepción fue saber que no había límite de edad. Se necesitaba toda la ayuda posible.

A la mañana siguiente, fui a llamar a Martín para ir juntos a la plaza, pero su hija pequeña me dijo que ya había marchado. Fui a la plaza, apenas estábamos treinta personas, pero no conseguía ver a Martín. Iba llegando gente de todas las callejuelas que daban al lugar y, al cabo de un rato, lo encontré. Estaba en la herrería, todos teníamos que pasar por allí para conseguir la espada con la que lucharíamos. Cuando el herrero nos las dio, me di cuenta que ninguno de los dos podía apenas levantarla, ¿cómo íbamos a luchar así?

Pasaban los días y nos reuníamos cada mañana en una pradera cercana al pueblo. Allí entrenábamos. Éramos unos trescientos soldados novatos y los franceses eran cerca de quinientos, pero bien preparados. Nuestra única opción de victoria era una buena estrategia y esperar a que el ejército de La Puebla del Mar acabase por completo o con una parte importante del ejército francés. Ya habían pasado cuatro días desde la visita de Renard, y por lo menos Martín y yo seguíamos torpes y lentos con la espada. En la comida, el único descanso que nos dejaban, hablé con él y le dije que si íbamos así a la batalla, seríamos un blanco fácil, que casi no prestaríamos ayuda a nuestro bando. Él me dijo que no podíamos hacer otra cosa, que nuestra hora llegaría tarde o temprano y que debíamos luchar por nuestro pueblo. Le conteste que sí que debíamos ayudar, pero tal y como estamos ahora no haríamos nada.

—¡Deja de comerte la cabeza! —me contestó—, hay unas cien personas en nuestra situación, yo pienso que algo aportaremos, ¿no crees?

—¡Tengo una idea!, podríamos llevar arcos en vez de espadas —le respondí.

Pero él solo hacía que criticar la idea, que si daríamos a alguno de los nuestros, que si no sabíamos manejarlo muy bien, que tampoco teníamos ninguno… Es cierto que habíamos perdido práctica, aunque él de joven era uno de los mejores arqueros de la zona. Pero un día alcanzó a un niño del pueblo en el hombro sin querer y, desde entonces, no ha vuelto a tocar un arco. A partir de ese día, nos peleábamos por cualquier cosa. Él me veía a mí mientras practicaba y no quería acercarse.

Un día, Marco me vio con el arco y se dirigió hacia mí.

—¡¿Qué haces con eso Gonzalo?! —me preguntó.

Después de responderle que no podía combatir con la espada, me contestó que no entraban arqueros en la estrategia planeada. Yo me negué a coger de nuevo la espada y entonces Marco acabó cediendo. Tuvo una idea: yo tenía que atacar a los que viese que mandaban, es decir, a los rangos más altos. Eso creo que me lo dijo solo por sacarme del medio.

Sin embargo, yo seguía insistiéndole a Martín que llevase un arco, que haría más así por el pueblo. Pero él continuaba empeñado en usar únicamente la espada. Poco a poco nuestra amistad iba desapareciendo, cosa que no comprendí que en una semana cambiásemos tanto. Al día siguiente llegaron noticias de La Puebla del Mar. Se habían rendido y habían acabado solo con unos ciento cincuenta franceses, lo que nos seguía dejando en clara desventaja. En tres días atacarían Mildragos y lo más seguro era la derrota. Marco, al ver la clara desventaja, mandó a diez de sus hombres a reclutar soldados en pueblos cercanos. Solo había un camino desde La Puebla del Mar a Mildragos, y este atravesaba un bosque. Allí atacaríamos al ejercito francés.

Los hombres más jóvenes se dedicaban a colocar trampas por el camino, mientras los más ancianos acondicionábamos el terreno a gusto de Marco. Era ya por la noche y fui a hablar con Martín, no quería estar enfadado con él en la que seguramente sería nuestra última semana de vida. Llamé a la puerta. Me volvió a abrir su hija pequeña y allí lo vi, sentado frente al fuego. Me acerqué despacio, yo llevaba un arco y flechas en la mano. Se lo había comprado por si cambiaba de opinión. Nos pusimos a hablar y le dije que era una locura que saliese con la espada, así que le entregué el arco. Por un momento pensé que lo aceptaría, pero levantó la cabeza lentamente y me dijo que me fuese, que agradecía mi interés, pero que quería estar solo.

El día siguiente fue parecido. Seguíamos preparando el bosque. Era temprano, había niebla, sabíamos que mañana sería la batalla. En algún pequeño descanso, practicábamos. Ya llevábamos un rato allí en el bosque, cuando uno de los hombres de Marco anunció que contábamos con un ejército algo más grande que el nuestro reclutado en pueblos cercanos. Todos nos alegramos, pero no duraría mucho tiempo. A media mañana, cuando ya se había despejado por completo la niebla, un muchacho anunció que los franceses atacarían hoy por la tarde. Rápidamente, los hombres de Marco fueron a avisar a los soldados de otros pueblos.

Ya estábamos en nuestras posiciones, la ayuda aún no había llegado, cuando empezamos a oír ruido a lo lejos. Era el enemigo. Cuando llegaron al bosque, varios cayeron en las trampas y cuando se adentraron un poco más, salimos por sorpresa. Yo aguardaba en mi escondite, dentro de un arbusto, buscando algún alto rango enemigo. Ya me cansaba de esperar y alcancé con las flechas a tres soldados franceses, cuando a lo lejos vi a un hombre montado a caballo dando instrucciones. Tense el arco, apunte, y… ¡NO! La flecha solo le rozó el brazo. El francés busco a un lado y a otro de dónde provenía la flecha y allí me vio. Yo me asusté tanto cuando vi que galopaba rápidamente hacia mí, que en vez de disparar, salí corriendo. Él llegó a mi altura, levantó la espada. Yo miré hacia arriba y cuando me iba a dar, una flecha le atravesó el pecho. Cayó al suelo. A lo lejos distinguí a Martín, me había hecho caso y vino con el arco.

—¡Rápido, ven aquí, ahí estas en peligro! —me grito.

Yo me dirigí hacia él cuando, de repente, un francés me alcanzó con su espada. No era una gran herida, pero fue suficiente como para que me desplomase sobre el suelo. La vista se me empezó a nublar, ya no percibía la humedad que había en el ambiente, no distinguía las voces, no me quedaban fuerzas y cedí. Cerré los ojos.

Cuando desperté estaba en mi cama. Al mi lado estaban mi mujer, mi hija mayor y Martín. Intenté hablar, pero estaba muy débil. Ellos se limitaron a decirme que no hiciese esfuerzos. Martín se dio cuenta de cómo le intentaba dar las gracias por haberme salvado. Mi hija me dijo que tenía mucha suerte de estar vivo y yo sonreí. Cuando ya me encontré un poco mejor, les pregunté por la batalla. Ellos me miraron y me dijeron que habíamos ganado. Cuando ya parecía que estábamos perdidos, llegaron las tropas de ayuda y los franceses huyeron poco después. También me dijeron que recuperaron Nuevavilla y La Puebla del Mar. Entonces Martín se dirigió a mí y me pidió perdón por no haberme escuchado en todo este tiempo, que si hubiésemos ido con las espadas, seguramente no estaríamos aquí. Todo parecía feliz, pero la tristeza pronto nos pudo al saber todas las bajas que hubo en nuestro bando. Todos eran amigos, familiares, conocidos. Ese fue el precio que pagamos por mantener el pueblo en nuestras manos.

David Aguilar Cava, 4º A de ESO

jueves, 27 de mayo de 2010

Premios del Concurso Literario del curso 2009-2010

Al fin. Ya tenemos los esperados resultados del Concurso del presente curso 2009-2010. Ha sido una decisión difícil por el número de trabajos presentados y la calidad de la gran mayoría de ellos; en todo caso, lo mejor ha sido comprobar que año a año crece la participación en el Concurso.
Nuestras felicitaciones para los premiados y una advertencia: si queréis que vuestros textos (los premiados) sean publicados en este blog, hacédnoslos llegar, por favor, en formato digital.

XIII CONCURSO LITERARIO DEL I.E.S. BALTASAR GRACIÁN

LISTA DE PREMIADOS


1º Y 2º DE E.S.O.

RELATO:


PRIMER PREMIO

"El viaje de Jack", de Iván Lomillos

SEGUNDO PREMIO

"El príncipe", de Luuk Lomillos, y "La leyenda del alcalde que venció a las brujas", de Jesús Mascaró

POESÍA:

PRIMER PREMIO

"Las muñecas", de Ángela Serena

SEGUNDO PREMIO

"Los animales", de Mario Sin


3º Y 4º DE E.S.O.

RELATO:

PRIMER PREMIO

"Noche sin luna", de Violeta Díaz

SEGUNDO PREMIO

"Salvando a Mildragos", de David Aguilar

POESÍA:

PRIMER PREMIO
Desierto

SEGUNDO PREMIO

"El otro", de Ignacio Castro, y "Lágrimas", de Jessica Frain

1º Y 2º DE BACHILLERATO

RELATO:

PRIMER PREMIO

"Experimentando el surrealismo", de Julia Martínez

SEGUNDO PREMIO

"Última estación", de Alberto Sin


POESÍA:

PRIMER PREMIO

"Guerra y paz", de Alberto Sin

jueves, 18 de marzo de 2010

Convocado el XIII Concurso Literario del IES "Baltasar Gracián"


Como habréis visto por los carteles colgados en los tablones de anuncios de las aulas, ya tenemos convocado el clásico Concurso Literario del Instituto, en este caso la XIII edición, cuyas bases reproducimos a continuación.
No dejéis de participar: los textos premiados aparecerán publicados en este mismo blog.

  1. En el concurso podrán participar todos los alumnos matriculados en el centro.


  2. Habrá dos apartados con sus correspondientes premios: uno de narrativa en prosa y otro de poesía.


  3. Los textos narrativos en prosa no podrán exceder de cinco folios, escritos a ordenador a doble espacio y por una sola cara.


  4. Los textos de poesía no excederán los setenta versos. Podrán escribirse varios poemas sobre un mismo tema.


  5. Los originales deberán ser presentados por triplicado y bajo pseudónimo o lema y dentro de un sobre grande que se entregará en la conserjería del instituto.


  6. En el exterior de dicho sobre figurará el título del trabajo (relato o poesía), el pseudónimo o lema y el curso y grupo al que pertenece el concursante.


  7. En el interior del sobre grande deberá ir otro sobre pequeño cerrado en el que aparecerán los datos del concursante: nombre y apellidos, domicilio, teléfono y curso y grupo al que pertenece.


  8. El plazo de presentación de originales finalizará el próximo día 30 de abril.


  9. Habrá un apartado en ribagorzano, en cualquiera de sus variantes locales, al que podrán presentarse trabajos tanto en prosa como en verso y que tendrá sus propios premios.


  10. El fallo del jurado se hará público a finales de mayo. La entrega de premios se efectuará a final de curso.


  11. Los premios podrán declararse desiertos si el jurado lo estima oportuno.


  12. Las obras premiadas quedarán a disposición del centro, que se reserva el derecho de publicarlas. Las que no resulten premiadas no serán devueltas.

martes, 21 de julio de 2009

"El Monte de las Ánimas", de Joshua Pelegay (Segundo Premio Narrativa Bachillerato)


EL MONTE DE LAS ÁNIMAS


En el año 911, en un pueblo de la región de Holyland llamado Saxnäs, al Sur de Noruega, se libró una batalla entre cristianos y vikingos por la independencia de estos pueblos daneses, suecos y noruegos. Esta batalla tuvo lugar en una colina cercana a Saxnäs, donde el rey francés Carlos III el Simple, perdió la vida y la guerra contra estos pueblos nórdicos.
El tiempo fue pasando y con él iban en aumento el número de leyendas que se creaban sobre aquel importantísimo suceso; estas leyendas, debido a su contenido, fueron las que dieron el nombre a la colina: El Monte de las Ánimas. De todas estas leyendas que se contaban, la que más miedo creaba entre las gentes del lugar era la que contaba un viejo anciano de Saxnäs. Según decía, él había sido testigo de una masacre llevada a cabo por las almas de los cristianos asesinados en ese monte que habían despertado por la presencia de infieles a su alrededor; él había sido el único superviviente de aquel fatídico día de verano en el que se celebraban los cien años de la independencia de los cristianos. En el pueblo de Saxnäs, que por aquel entonces se llamaba Nodsinni, no hubo ningún superviviente, a excepción del anciano. Años después del suceso, llegó al lugar un pueblo nómada venido del norte, el cual se quedó a vivir a pesar de la insistencia del anciano de que no lo hicieran. Con el paso del tiempo fueron temiendo más a la leyenda, a excepción de un joven de veintidós años llamado Ordan, el cual se mostraba escéptico frente a todos esos cuentos y leyendas que se contaban, aunque no mantenía la misma postura frente a lo que podía haber después de la muerte.
Ordan era un joven campesino poco temeroso, pero no por ello más orgulloso ni engreído, sino más bien todo lo contrario, era discreto y tímido. No tenía padres y era poco querido en la zona. Estaba saliendo en secreto con Darna, la hija del herrero del pueblo, que tenía su misma edad; una bella mujer morena de pelo largo y liso recogido con una banda de color azul cielo. Tampoco tenía madre y siempre vestía un camisón blanco. Solamente se veían por las noches y algún amanecer en el Monte de las Ánimas para no levantar sospechas.
Como todas las noches y a la misma hora, ambos se dirigían al lugar de encuentro por diferentes caminos, ansiosos de verse sin sospechar que esa noche iba a ser muy diferente a las demás. Una vez llegaron a la cima se pusieron a soñar sobre el futuro que les tocaría vivir, sentados y apoyados uno sobre el otro junto a un joven ciprés. Estaban a punto de marchar cuando Ordan vio una luz de un blanco intenso en el bosque que se dirigía hacia ellos y, no supo por qué, enseguida le vino en mente la leyenda del anciano, así que cogió a Darna de la muñeca con todas sus fuerzas y corrieron hacia el pueblo por el camino más corto a toda prisa sin mirar atrás y sin temor a que les pudieran ver juntos. Una vez en Saxnas, Ordan acompañó a Darna hasta la puerta de su casa para asegurarse de que llegaba sana y salva. Ya en la puerta, Darna se dio cuenta de que había perdido su preciada banda y le pidió a él que fuera a buscarla para que su padre no notara nada. Por un momento, Ordna dejó de vivir sabiendo lo que le esperaba en el bosque si iba a buscarla, pero no pudo no hacer caso a la mujer a la que amaba ni permitir que descubriesen el secreto, a pesar de que tarde o temprano tendría que desvelarse; así que se armó de valor y corrió en busca de la banda haciéndose creer a sí mismo que todo era una ilusión, y prometiéndole que al alba la tendría.
A la llegada de la aurora, Darna se asomó a la puerta al ver que no llegaba y descubrió su banda ensangrentada en el suelo. Ella rompió a llorar y no pudo dejar de pensar en lo egoísta que había sido la noche anterior. Poco después, apareció detrás de ella su padre, el cual le preguntó, sin esperar respuesta, qué le pasaba. Con los ojos llorosos miró a los de su padre y no supo contestar, así que él se adelantó y le dijo que conocía su relación con Ordan. Ella se levantó y lo abrazó con todas sus fuerzas.
Aquella misma tarde hicieron el funeral, al cual sólo asistieron Darna, su padre y el sepulturero. Desde aquel suceso, ella no volvió a levantar cabeza.
Darna recordaba siempre las palabras que le dijo Ordan la última noche junto al ciprés. Le dijo que si algún día le pasara algo, su alma siempre reposaría en aquella fuente en la que se miraron a los ojos por primera vez. Así que allí iba cada atardecer por si él regresaba a verla en la oscuridad. La verdad es que el alma de Ordan siempre acudía al lugar. Todas las noches hasta el amanecer se sentaba junto a ella, le hablaba al oído y le rozaba la piel, y cuando se iba le pedía en silencio que regresara a la noche siguiente. Lo cierto es que Darna no sabía si estaba o le veía, pero lo que sí que sabía es que jamás le iba a olvidar.
Fue una noche de invierno cuando ella se durmió junto a un almez cercano a la fuente y el alma de Ordan entró en su sueño vestido de negro frente a una intensa luz blanca. Él le dijo que desde allá arriba, desde más alto de las nubes, podía ver más de lo que su alma era capaz de soportar; que no llorase por él porque su alma iba a estar siempre con ella; que estaba muy agradecido con que viniera a verle todas las noches al lugar que le prometió que él descansaría; que le destrozaba cuando se iba a la llegada del alba, pero que le llenaba al regresar con sus manos vacías. Por último le dijo que sabía que su muerte la había roto el corazón, pero que ella debía llegar hasta el final del camino y no pensar en que ya no iba a poder estar más junto a él, ya que su alma le acompañaría adonde ella fuese.
Al despertar de aquel sueño, tenía consigo la ropa de Ordan, su brazalete de cuero y el fino olor de su piel y comprendió que debía ser la última que debía pasar junto a la fuente.

Joshua Pelegay, 2º de Bachillerato de Humanidades

lunes, 20 de julio de 2009

"Una dulce amistad", de Ángela Serena (Primer Premio Narrativa 1º y 2º de ESO)


UNA DULCE AMISTAD

—Hola, Clara, soy Mercedes, tu médica, me gustaría saber cómo te encuentras.
Pero, se puede saber qué dice esta loca; la veo mover los labios, pero no la escucho; debo de estar dormida, aunque... si estuviera dormida, no la vería. Por cierto, ¿dónde estoy? —pienso—.
—¿Qué dices? No te oigo, ¡sólo oigo pitidos!— dije yo un poco alterada. —¿Dónde están mis padres? ¡Quiero verlos! Y también quiero ver a mi hermana.
Vi que la médica se iba con la cara triste y me dejaba con la enfermera, que me acababa de inyectar un tranquilizante; lo sé porque noté cómo se me cerraban los ojos, y de sueño no era porque me acababa de despertar. Bueno...., ya podía volver a soñar.
—Cariño, mi vida, soy yo, mamá.
—¡Mamá!,— grité toda feliz —¿cómo estas?
—Bien cariño, ¿y tú?
Mierda, ya estábamos otra vez con los pitidos de las narices, ¿es que no me iban a dejar tranquila?
—Mamá..., no sé lo que me has dicho, sólo oigo unos pitidos muy agudos, como si me fueran a explotar la cabeza y los oídos —dije yo un poco más tranquila.
A mi madre, se le ocurrió la idea de que en lugar de hablar íbamos a escribirlo, y lo primero que escribió fue:
“Clara, los médicos nos han dicho a tu padre y a mí, que debido a la fuerte infección de oídos que tenías ha podido dañarte el tímpano y te ha dejado sorda. Aunque tu padre y yo albergábamos alguna esperanza de que no fuera así, pero los pitidos lo dicen todo".
¡Qué! ¡Sorda yo!, no, no podía ser, ya no volvería a oír la dulce voz de mi hermana cada vez que me decía “te quiero”.
Me puse a llorar tanto que al final acabé durmiéndome y nadie me despertó. Sólo me despertó la enfermera para darme la medicación y, como me aburría en la habitación, decidí ir a dar una vuelta.
Nada mas salir de la habitación, vi salir a una chica llorando y dando tumbos sin saber a dónde ir. No sé por qué, pero me dio pena y, cuando la vi y descubrí que era ciega, me entró una gran necesidad de ayudarla, así que me armé de valor y fui a hablar con ella.
—Hola, soy Clara, me gustaría saber qué te pasa, pero hay un pequeño problema y es que soy sorda, pero, si hablas despacio, te podré leer los labios, así que, si quieres puedes empezar, aunque entendería que no quisieras contárselo a una extraña como yo.
Pero todo lo contrario, Marta, que así se llamaba ella, me contó, en su habitación, que por culpa de un accidente de tráfico había sido operada y algo debía de haber sucedido para que no fuera bien, dejándola ciega.
Cuando la madre de Marta llegó y vio a su hija volver a reír después del accidente fue una gran sorpresa para ella. Inmediatamente llamó a la enfermera para ver si podían ponernos juntas, y ésta accedió.
Al cabo de unas tres semanas aproximadamente nos dieron de alta a Marta y a mí. Pero lo duro empezaba ahora, teníamos que adaptarnos a una nueva vida y dejar atrás la vida que habíamos llevado hasta ahora.
Las familias decidieron buscar un Centro donde pudiéramos estar juntas. Como éramos de distintas ciudades, tuvieron que ir a la capital, donde había colegios adecuados para nosotras y podíamos compartir la misma residencia.
Luego en el colegio empezó lo peor porque nos sentíamos un poco desorientadas y no sabíamos desenvolvernos muy bien. Pasaron los días y nos fuimos adaptando a la nueva manera de vivir.
Dejamos una vida atrás, pero una nueva nos empezaba y estábamos ilusionadas porque nos unía una gran amistad y esto nos ayudaba a superarnos día a día.

Ángela Serena, 1º C

"Camino hacia la esmeralda" (Segundo Premio Narrativa, 1º y 2º de ESO)


CAMINO HACIA LA ESMERALDA

Hace miles de años, o más... , en un país llamado Ferlondon en una casita, que se podría llamar moderna, vivía un joven aprendiz de mago de 20 ó 22 años, llamado Orlaf, al que habían encomendado tres peligrosas pruebas para ser mago de la cohorte de Elduwin (una provincia). La primera debía regresar al pasado y salvar a la gente de Ferlondon del terremoto; Orlaf sabía parar un terremoto, pero no sabía viajar al pasado y se quedó mirando al lago tristemente.
De pronto alguien le quiso robar de un tirón y lo tiró al agua y perdió el conocimiento. Al momento de volver en sí lanzó un conjuro y una bola lo protegió del agua. Cuando salió del lago vio a gente conocida que había muerto, ¡había viajado al pasado!
Pasaron unos días hasta el terremoto y con un conjuro, que le costó lo suyo, consiguió que no se produjera el terremoto.
De pronto despertó, todo había sido un sueño.
Cuando fue a decirle al rey que no lo había conseguido, el rey lo felicitó por su hazaña y él, todo Contento, continuó con la segunda prueba.
La segunda consistía en hacer renacer el Bosque Incendiado, que fue la más fácil. La última fue terrorífica, nadie la había conseguido: el Cofre de La Esmeralda, que mataba a hombres por placer, y él tenía que entregársela al rey.
Orlaf se puso en camino hacia el bosque de Rcnar, donde reinaba el mal, Atemorizado y Rodeado por la niebla, descubrió algo que brillaba, era una cajita, en cuyo Extremo se leía: "sólo personas de buen corazón podrán apoderarse de este cofre y Esmeralda". Orlaf lo cogió y lo llevó ante su rey, que puso una cara de ambición terrible. Él Entendió para qué quería la caja de la esmeralda y utilizó un hechizo de invisibilidad y escapó Bien lejos de allí.
Escondió la caja de la esmeralda donde nadie la pudo encontrar.

Escrito por Orlaf, aprendiz de mago.

Fin de la historia...

Jesús Coscolla, 1º C

"El barrio chino", de Jessica Frain (Primer Premio Poesía 3º y 4º de ESO)


EL BARRIO CHINO


Queríamos ir al barrio chino
para visitar al adivino.
Entre el barrio chino y el instituto
quedaba una valla, y un enorme muro,
que de nombre recibía
«La muralla china».

Pero teníamos un grave problema,
las horas restantes eran el dilema;
pero decidimos irnos igualmente.
Nos levantamos y nos fuimos,
llegamos hasta el patio sigilosamente.

Y de repente ¡pum!, apareció un profesor
al que todos llamamos Tirano el dictador
y dijo: "Está prohibido saltar la valla".
Así que, para variar, trepamos la muralla.

Al otro lado era otro mundo,
vivos colores, dragones bailando.
Cuando nos dirigíamos a buscar al predicador
nos bloqueo el paso la banda
y yo me tropecé con la batuta del director...

...que abrió la boca y chilló con voz de soprano
y se giró y vimos que, ivaya!..., ¡era el tirano!
"Está prohibido...” empezó de un gritón.
Asustados, nos escapamos por un callejón.

Llegamos hasta la casa del sabio,
el viejo llevaba el nombre de Octavio.
Nos abrió la puerta y dijo: "Pasad".
Nos había estad esperando.

Nos dirigimos todos a la sala de estar,
sacó su bola cristalina y se puso a mirar.
Dijo: "Veo, veo... ".
Preguntamos: "¿Qué ves?"
Contestó: "Un profesor con cara de estrés".

Y de repente, ¡pum!, explotó el adivinador
Y en su lugar estaba... ¡Tirano, el dictador!
Abrió la boca y dio un bramido:
“Os he dicho que esta prohibido... ".
Pero entonces le interrumpió al profesor
el estruendoso pitido que causaba mi despertador.

Jessica Frain, 3º B

viernes, 26 de junio de 2009

"El final de una nana", de Andrea Subirá (Primer Premio Narrativa Bachillerato)

EL FINAL DE UNA NANA

Si pudieras conocer el destino, todo lo que ha ocurrido y lo que aún está por venir; ¿cómo te sentirías?

Hace mucho tiempo, nació un muchacho capaz de alcanzar las hebras que el destino tejía. Sólo tenía que colocarse ante un libro, abrirlo, y leer. En el momento en el que las letras cruzaban su visión, empezaba a tejerse el tapiz que le permitiría ser conocedor de los más oscuros secretos del porvenir.

Como si fuera un sueño común para todos, las predicciones de ese chico se hacían realidad. ¿Qué es lo que veía? Sólo él lo podía saber. Su secreto fue conocido a lo largo y ancho de todo el mundo y el joven fue arrancado de su vida y obligado a vivir una muy diferente, con el único objetivo de guiar a todas las personas, garantizándoles una vida tranquila y libre de imprevistos; y desvelando los eventos que serían próximos para todos aquéllos que alguna vez le preguntasen.



Morirás a la edad de dieciséis años.

"Y con la ayuda del maestro Lían, hoy también será un día bueno y seguro."

"Basura, todas estas personas no son nada más que basura." Murmuré fijándome en sus estúpidas y ridículas caras, viendo cómo adoraban algo que sólo les va a llevar a su destrucción. ¿Seguirían adorando esta desgracia incluso cuando sea la dictadora sus últimas palabras?, ¿incluso cuando suene la campana anunciando el final de toda una vida echada a perder? Este mundo no es nada más que un montón de sucia basura.

Está nevando. Los ligeros copos de nieve que caen del cielo sumergían el mundo bajo una capa de blanco. Moviéndose como los pétalos de las flores que bailan con el viento en la última primavera, así de frágiles y suaves caen hasta que llegan a la tierra. En la distancia podía ver nubes oscuras avanzando lentamente, engullendo zonas blancas en una sombra leve; pero era casi inapreciable en su reflejo brillante y aparentemente impecable. Cielos más o menos despejados reinaban sobre la ciudad en ese momento, y podía ver algunas estrellas brillando con intensidad en el firmamento y en las aberturas entre las nubes, de un suave matiz escarlata. Una estrella fugaz pasó rápidamente ante mi vista pero ni siquiera me molesté en pedir un deseo. ¿Para qué desear, cuando el destino ha decidido mi futuro por mí, y yo conocía ya mi final? Recuerdo que hace mucho tiempo, cuando era joven e ignorante; alguien me contó que la nieve son las lágrimas de los ángeles, que caen a la tierra desde lo más alto de los cielos empíreos. Pero esto, como mi sonrisa al observar los caprichos del destino, es falso. Echo un vistazo fuera a la nieve que cae, mientras lentamente mi mano se apoya en la parte baja de la ventana. Murmuro silenciosamente ignorando mis temblorosos dedos y el frío amargo del cristal.

"El año que viene ya no estaré aquí. Esta nieve que veo helada en mis ventanas y cayendo del cielo reposará sobre los ojos de mi cuerpo, cerrados eternamente. Nunca más la volveré a ver."



¿Cuántos días quedan ahora? Sé que es menos de un año. No estaré vivo el próximo' invierno. No estaré vivo la próxima vez que nieve.

Puedo sentir mi puño y mis dedos cerrándose mientras contemplo mi propia mortalidad. Ignorando mis pensamientos persistentes miro más allá de las escaleras, hacia la ciudad.

Chispeantes luces de colores medio cubiertas de nieve decoran las calles, alineadas en los marcos de las puertas, los de las ventanas, en los tejados... Por todas partes. Estas personas, esta escoria, están felices e ignorantes, merodeando con expresiones sonrientes y sus bufandas abrigándoles por encima de la nariz. Esta escoria debe de estar disfrutando el día seguro y sin imprevistos que les aseguré esta misma mañana. Están correteando por todos lados, sosteniendo muchos tipos de paquetes, y felicitando a los otros individuos con los que se encuentran...

¿Por qué hay tantas luces brillantes? ¿Y verde, y rojo, y otras muchas decoraciones festivas? Puedo oír música sonando tenuemente desde donde estoy, a través del cristal de mi dormitorio en lo más alto de la catedral. Miro apáticamente mi reflejo mientras me alejo del cristal y doy la espalda a las festividades de la ciudad de abajo. Mis párpados descienden sobre mis ojos mientras la melodía continúa resonando en mi memoria. Recuerdo esa canción.

La puerta de mi habitación se abre. Una voz tímida se oye detrás del marco de la puerta.

"¿Lian? ¿Se encuentra bien? Siento mucho molestarle." Abro mis ojos mientras la veo entrar y cierro la puerta tras ella, silenciosamente. Me sonríe, a pesar de que a través de sus ojos puedo ver que está preocupada y confusa. Está cavilando algo en su mente.

"Aria, acércate." Ignoro su pregunta y hago un gesto hacia la ventana. Veo cómo ella se asoma tras el cristal y hace pasar el brillo de las luces. Sonríe, y por alguna razón me siento menos vacío, menos indiferente con el mundo. Esta extraña alegría... Sonrío en mi fuero interno ante su inocencia, la mente de mi asistenta no sabe absolutamente nada sobre los caprichos del destino. Hace mucho tiempo que decidí mantenerla alejada de esta desgracia, evitar que se convierta en lo mismo que todas esas personas que dependen de mi lectura para vivir. "Aria", le digo. Ella se gira y su largo cabello caoba fluye tras ella mientras me mira, y centra sus ojos escarlata sobre mí. Reparo en ellos y me sorprendo a mí mismo sonriendo mientras hablo. "Quiero que vengas fuera conmigo, es tu tarea como asistenta."

"Sí, ¡por supuesto! Donde quiera que vaya, no me separaré de usted." Ella me sonríe. Su cara resplandeciente me hace sonreír a mí también. Es irónico; sé que ella tiene que venir conmigo y seguir mis órdenes. Después de todo, ella es mi asistenta; y debe acompañarme y evitar a toda costa cualquier situación peligrosa por mi seguridad.

"Está bien, ve a coger tu abrigo y nos marcharemos. Nos reuniremos en la entrada en diez minutos, entendido?"

"Sí, ¡por supuesto! Haré todo lo que usted me pida." Ella se da la vuelta para salir de mi habitación, pero antes de girarse, una expresión confusa aparece pintada en su cara. La ladea levemente cuando dice, "Señorito Lian, fuera... ¿Por qué hay tantas luces?"

Navidad... ¿Cómo podía olvidarlo? Esa canción... ¿Cuándo había sido la última vez que había celebrado la Navidad? Tuvo que ser hace mucho tiempo... Toda esta celebración es basura, como todo este mundo. Familias, amistad, amor... No creo que ni siquiera me acordase de reconocer su existencia el año pasado...

Después de todo; ¿qué es la Navidad sino otro día más para golpearme en la cara con la realidad de una muerte inminente y mi propio final?

La nieve caía con más fuerza, los blancos copos de cristal ganaban en tamaño. Las nubes oscuras se habían cernido sobre la ciudad sumiéndola en sombra, sin embargo, las luces claras y coloridas disipaban las sombras y la nieve bañada en su luz brillaba en el reflejo de muchos de los colores festivos. Podía sentir la helada respiración del viento ondeando entre mi pelo, pellizcando dondequiera que mi piel descubierta estuviera sin cubrir, incluso a través de mis ropajes. Las gotas cristalizadas de agua pura llegaban hasta mis tobillos, casi hasta las rodillas. Podía sentir mi desgraciado cuerpo resistiéndose a funcionar. Pero ignoré sus protestas. "¿Lian, tiene frío?" Miré hacia donde estaba la chica, a mi lado. Sacudí la cabeza y me giré, observando a lo lejos una ventana abierta donde un árbol de navidad permanecía decorado cuidadosamente con luces y ornamentos, encabezado con una estrella. Bajo las largas ramas del abeto había cajas, envueltas en colorido papel festivo coronado con cintas y lazos. Podía ver una familia unida sentada: un padre, una madre, y un niño... Estaban todos acurrucados bajo una cálida manta de lana gozando del calor del fuego, que chisporroteaba.

¿Por qué no soy como ellos? ¿Por qué estoy solo? ¿Por qué no tengo una familia? ¿Por qué?

¿Por qué tuve que convertirme en esto, precisamente yo...?

Recuerdo... celebrar la Navidad... hace mucho tiempo... Recuerdo decorar un viejo y desarreglado árbol, con sus ramas de abeto rompiéndose y cayendo de cualquier lugar donde mis dedos o mangas tocasen la delicada rama. Algunas veces hice adornos arrancando páginas de los viejos libros que los Maestros me dijeron que leyera. Se enfadarían mucho conmigo, pero no me importaba... No lo entendía... Quería ser como las familias que había estado observando desde fuera a través del cristal de las ventanas de la ciudad.

Ahora estaría de pie, vería los cielos claros buscando una sombra, y pidiendo deseos a las estrellas fugaces...

...y solía tocar esa canción... No recuerdo dónde la aprendí, pero la tocaba cada vez que era Navidad... Hasta que...

"¿Lian?" Salí de mi recuerdo y volví al cruel presente. De repente me hice consciente de mis manos temblorosas, expuestas; y de las suyas cerradas firmemente, envolviendo las mías propias. Sus grandes y luminosos ojos vieron a través de los míos, y entonces pude ver la preocupación que en ellos guardaba. Pude sentir su tenso abrazo sobre mis manos desnudas, y ver sus labios fruncidos con preocupación. No le pegaba, no cuando la recordaba bailando alegre entre pétalos que caen, y sus ojos y su cara radiantes a la luz del sol, y su también su preciosa risa resonando a través de los frondosos valles verdes. Le sonreí antes de alejarme de su mirada, y también de la ventana abierta. Murmuré silenciosamente en el viento, mientras cerraba los ojos recordando de nuevo,

"Siento haberte preocupado, Aria. Sólo estaba recordando."

Me miró sin terminar de entenderme.

"Volvamos ya a la catedral, la nieve se está haciendo más espesa."

"Vale, Señorito Lian... "

Volvimos a la catedral, que aún estaba penumbrosa con su silencio y vacío. Las velas habían sido encendidas para darle a la catedral un aspecto más festivo, aunque también para conseguir una decoración menos fría y más agradable, adecuada a ojos de las personas. Mientras, pasaba la mirada por la habitación, fijándome desde el reflejo del manto de nieve en la calle hasta llegar a la penumbra de la catedral.

¿Por qué estoy solo?, ¿Por qué no tengo a nadie?

¿Por qué?

Veo a los maestros detrás mientras van de un lado para otro exclamando palabras incomprensibles para los demás.

Me siento en el suelo sujetando el libro que he tomado de la biblioteca, el sitio que menos me gusta. Siempre estoy solo allí. Allí o en mi habitación, condenado por mi cuerpo débil y decadente. Todos los días me fuerzan a leer innumerables textos, buscando significados, encontrando nuevos sucesos, ignorando mis sentimientos al saber todo lo que ocurre en la tierra, y a su vez, mi propio final... Mis ojos se vuelven borrosos a medida que me esfuerzo para descifrar la escritura a mano, tan minúscula. La pila de libros que tengo detrás es tan alta que casi sobrepasa mi propia altura. No tengo otra cosa que hacer que leer y leer.

Leer hasta que...

Suspiro mientras subo por los empinados peldaños de las escaleras quedándome en las sombras, escondido de la vista de los Maestros y de los curas. Alcanzo mi destino. Mis manos rozan la fría superficie del marco mientras tiro levemente contra la puerta pesada. Mis ligeros, expertos dedos palpan buscando el botón de la luz. Mi mano lo alcanza; sitúo el botón, lo pulso.

La luz se filtra en mi habitación. Echo un pequeño vistazo mientras distingo los muebles de color blanquecino, la ventana por la que solía contemplar el patio, cerrada; la nieve arreciando en el exterior. Mi cama, mi escritorio, muchos papeles ordenados en las estanterías y una gran agenda plagada de horas que debía dedicar a esa estúpida lectura. Una gran responsabilidad que recaía sobre mí, y que yo no había escogido en ningún momento. Al fondo de todo, ese viejo piano que solía tocar aún cuando mis dedos estaban fuertes.

"¿Señorito Lian?" Me giro y sonrío a mi auxiliar personal antes de deslizarme una vez más sobre las antiguas teclas. Mis dedos no están preparados y todavía tiemblan cuando los acomodo sobre éstas, frías. Hago caer unas pocas notas, el principio de la nana que aprendí hace mucho tiempo, cuando todavía era ignorante de mi destino y de mi deber. La nana, como si al contacto consiguiera liberarse de unas cadenas de plata, abandona fácilmente mis dedos a medida que toco más rápido y a mayor volumen. Todavía me acuerdo. Las teclas de marfil son más pesadas de lo que recordaba, seguramente por la antigüedad del teclado o por mi propia debilidad. Mis dedos permanecen inseguros y más débiles que hace todos esos años, pero todavía son capaces de planear sobre el teclado. Las notas, la melodía todavía suena pura como el cristal a pesar de la antigüedad del instrumento. Puedo oír los ecos de la inquietante melodía llenando la habitación, trayéndola a la vida una vez más. Cuando toco por último las notas restantes, escucho unos aplausos detrás de mí y me siento recompensado por una amplia sonrisa.

"Lian, ¡ha sido impresionante! ¿Cómo lo ha hecho?" Ella me sonríe y me siento a mí mismo olvidar que mis dedos tiemblan mientras tomo suavemente su mano derecha. La dirijo a las teclas lisas y coloco sus dedos ligeramente en posición. Ella la mantiene torpemente mientras me mira, confusa pero solícita. Entonces elevo mi mano derecha sobre la de ella, una octava por encima, y comienzo a tocar el principio de la nana lentamente, una nota cada vez, y una pausa en la que ella se esfuerza e imita mis dedos. La guío mientras toco, empieza a familiarizarse y a sentirse más cómoda.

Levanto la mirada mientras ella toca el principio de la melodía con una mano. Sobre sus ojos las cejas se fruncen, denotando concentración. Poco después toco otra vez, ahora junto a ella, y juntos escuchamos las notas alzándose libremente en la habitación. Mis dedos cada vez más temblorosos suplican que me detenga, y finalmente decaigo y acepto sus ruegos. La última nota resonante del preludio marca el final de la pieza. Y cuando el eco desaparezca, silenciosamente la melodía de la nana morirá. Entorné mis ojos en la palidez de mis manos, y alcanzando a ver mi lívido reflejo y mis fríos ojos verdes sobre el cristal de la ventana, congelado, comprendí que no podría volver a tocar otra vez.

Estoy sentado otra vez en mi habitación, solo y mirando por la ventana. Mi cabeza apoyada sobre una mano mientras observo en la distancia los copos de nieve que reflejan un millar de arco iris en el esplendor de la luz. No hay dos iguales, son todos diferentes sin importar cuán similares pueden verse y aunque parezcan idénticos los unos a los otros. Hoy es Navidad y es la última Navidad que tendré nunca. Es una fiesta celebrada por esa escoria. Qué irónico es que aunque vaya a morir, esto no supondrá ninguna diferencia para estos trozos de basura. Qué estúpido, que aunque yo desaparezca, seré sustituido. Entonces nadie notará la diferencia.

Menos de un año. Queda poco más de medio año de vida. El momento se está acercando... Desapareceré completamente de este mundo.

"¿Señorito Lian?" Mis oídos lo perciben en cuanto me giro hacia la puerta. Está abierto y ni siquiera había reparado en sus pasos aproximándose. "Tengo algo para usted... " Sostiene un pequeño paquete envuelto en el mismo papel bonito que vi a pies del árbol de aquella familia. Está decorado toscamente con un listón y un lazo.

" ... " Silenciosamente acepto su paquete. Se arrodilla ante mi asiento y observa con sus profundos ojos mientras lo abro con cautela. Lo saco, lo sostengo en mis manos y sonrío ante el pequeño mecanismo mientras le doy cuerda. La melodía, familiar, comienza a fluir a través de mi cuarto bañado en la sombra. Abro la boca para hablar, pero repentinamente me interrumpe.

"Es su regalo, Señorito Lian, porque quiero celebrar la Navidad únicamente con usted." Me hundo en sus ojos inocentes y lo único que siento dentro es calidez. Me levanto y aparto la mirada de ella mientras me dirijo a la ventana y observo la nieve.

"Aria... Gracias, pero no tengo nada para ti. ¿Cuál sería tu mayor deseo por Navidad?" Yo sabía perfectamente cuál sería el mío. Sería que mi persona pasase desapercibida y nunca más volviera a ser capaz de leer el porvenir ni conocer mi propio final. Mi deseo sería no tener que vivir esta vida ahogada en la desesperación y no haber presenciado nunca la cuenta atrás hacia mi propia muerte... Mi deseo sería no desaparecer tan pronto.

Entonces percibo sus pequeños brazos envolverme firmemente por detrás. La oigo susurrar silenciosamente, su templada respiración se acaricia contra mi oreja:

"Quiero que sea feliz... y quiero estar siempre junto a usted, Lian."

" ... " Miro hacia la ventisca arreciando tras mi ventana y le digo pausadamente: "Si voy a desaparecer de este mundo para siempre, te lo diré de antemano... "

Me mira. Sus ojos escarlata recaen sobre los míos y descubro que mis temores son ahora los suyos. Puedo oír su voz suplicante ahogándose en la amargura de una realidad que no quiere aceptar.

"No... Yo no... ¡Yo no quiero que desaparezcas! Sea tu deber o sea el destino, no me importa, quiero que estés conmigo... Sólo tú, Lian, ¡siempre! No quiero estar sola nunca más... " Puedo sentir sus lágrimas saladas a través del tejido de mi camisa. Su abrazo, entonces, se vuelve más tenso.

¿Sola? ¿Nunca más?

Me agacho mientras su abrazo disminuye y continúa llorando. La envuelvo contra mi cuerpo y extiendo mis dedos temblorosos, apartando una lágrima derramada de su mejilla. Abre sus ojos y de repente me agarra, presionándome firmemente contra su pequeño cuerpo. Puedo sentir que sus delicadas manos cerradas sobre mi espalda no quieren dejarme ir.

"No desaparezcas... por favor." Me lo ruega. Permanezco impasible, mirando con apatía hacia la esquina más oscurecida de mi habitación. Unos segundos después le respondo.

"Sólo estaba bromeando... No me hagas caso." Su abrazo se vuelve más firme mientras me mira con sus ojos escarlata, atravesando los míos, que encarnaban las esmeraldas. Sonríe levemente, lágrimas siguen brotando de sus ojos.

"Hasta entonces, no importa el qué, deja que esté siempre a tu lado, Lian... Por favor... Por favor... Por favor... " Su sonrisa y sus ojos se dirigen a mí... y sonrío también cuando cierro los míos y asiento.

"Sí."



"Incluso si mi yo real muere pronto, desapareciendo completamente de este mundo..."

... Es tan dulce...

"Porque con la ayuda del maestro Lian, ¡hoy también será un día bueno y seguro!"


Andrea Subirá, 1º de Bachillerato de Humanidades