Soy una yegua normal y corriente; todavía soy pequeña. Mi madre era bastante vieja, era muy comprensiva y muy cariñosa. Le gustaba que le mimaran, igual que a mí, por supuesto.
Un día me levanté cuando todavía no había amanecido; fui con mi madre, la intenté levantar, pero no se despertaba. Pensaba que estaba demasiado dormida así que me tumbé a su lado y me dormí. Al cabo de un buen rato, me levanté; mi madre seguía ahí tumbada en el sol en la misma postura que al amanecer. La llamé millones y millones de veces; no me hizo ningún tipo de caso. Le daba pataditas pequeñas para despertarla y nada. Me empecé a preocupar, le escupí, le pegué, le relinché en el oído; entonces vino mi domador, es un buen hombre, nos quiere mucho. Él también la intentó levantar, pero no pudo. Empecé a sofocarme, a ponerme nerviosa; me tumbé para relajarme, pero no podía, no respiraba. Él intentó recogerla junto con cuatro personas más. Se la llevaron y fui corriendo detrás como una furia; me preocupé mucho. Unas verjas me pararon. Vi a mi domador triste, me estaba imaginando lo que iba a pasar.
Me llevaron a ver a mi madre. Yacía muerta en una mesa de metal ensangrentada de un cálido calor. Ese fue el último día que vi a mi madre, sin una despedida ni nada parecido.
Es una tortura recordar ese día.
Carolina Bucher